Diario de León
Publicado por
FERNANDO DE ARVIZU
León

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HACE unos días me topé en el metro de Madrid con alguien que había sido director general y secretario de Estado en los gobiernos de Aznar. Lo traté mucho en mi etapa de senador, era un buen profesional, pero no pertenecía al partido ni se había mezclado nunca en la batalla política. Con el cambio de gobierno, los socialistas le tenían en expectativa de destino así que se hartó, pidió la excedencia y se marchó a la empresa privada. De todo ello hablamos y le dije: cuando el PP vuelva a ganar las elecciones, ¿habremos aprendido la lección? ¿Qué es lo que debemos aprender? Que los cargos de gobierno hay que darlos a gente del partido, como hacen los socialistas. Ni hablar -me contestó algo molesto- yo lo único que quiero son buenos profesionales a mi mando, sin que me importen sus ideas políticas. Si los socialistas lo hacen allá ellos -insistía- pero nosotros no debemos hacerlo. ¡Por eso hemos perdido!, le contesté. Ahí se le subió a la cabeza el antiguo cargo y mientras se alejaba, casi sin decir adiós, me espetó: ¡ya te diré yo por qué hemos perdido! Hasta aquí la anécdota. Pero como no es ni mucho menos un caso aislado, puede ser elevada a categoría para sacar del caso algunas reflexiones provechosas. La primera: los cargos políticos no deben conferirse solamente en base a la profesionalidad, porque su propia índole desaconseja meter en un gobierno a quien no sabe nada de lo que es la lucha política, o que no tiene militancia ni consta que sea afín con el que gobierna. Es lo que hizo el PP en el 96, conservando a muchos cargos intermedios de la etapa anterior y siempre he pensado que eso se acabó volviendo contra él. La segunda: así como para la izquierda ésta es una regla básica, el centro-derecha sigue anclado en un absurdo complejo que le impide actuar de igual modo para que no le acusen de caza de brujas. Incluso Aznar hizo ministro a un secretario de Estado que estaba en el último gobierno de Felipe González. Creo que no cabe mayor condescendencia en aras de esa deseada imagen de tolerancia, que un político de pueblo consideraría como inútil en base al viejo refrán: «quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Tercera reflexión, la más importante. El gobernante quiere preservar su libertad de nombrar, pero cuando se elige para las máximas responsabilidades a quienes no militan en el propio partido, se corre un gran riesgo y por partida doble. De un lado, se veja -aunque sea involuntariamente es inevitable- a muchos militantes que se dejan la piel en los caminos, que están en la lucha diaria y que luego comprueban que nadie se acuerda de ellos, mientras que surgen, no se sabe de dónde, unos yupis que se alzan con los laureles no se sabe con qué méritos, que son desconocidos para la gente y que además presumen de no ser políticos ni ser del partido cuya labor deberían apoyar. De otro, que llegado el momento trabajen para el enemigo. Se vio con el 11-M, así que no necesito insistir en los detalles. Por eso es pertinente preguntarse si el PP habrá aprendido la lección. Y el enigma de hoy. El que puede dijo: hay que llegar a un acuerdo. Eso es cosa de dos, pero aunque uno no quiera, las circunstancias le obligarán.

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