TRIBUNA
A Victoriano Crémer La generación perdida
- ¿Qué os trae por aquí ? - Bueno, la verdad es que no sé por qué os hago esta pregunta. Supongo que habréis venido a lo mismo que yo: a acompañar a vuestros hijos, que, como los míos, se marchan a Madrid. - Deberíamos crear una asociación de padres damnificados - comentamos. Esta conversación se repite casi todos los fines de semana en los andenes de la Estación de Autobuses o de la Renfe. Hace unos años los enviábamos a estudiar , si habían elegido una carrera que no podían cursar en León, pero ahora no; ahora, que ya han finalizado sus estudios, tienen que regresar a Madrid o... apuntarse al paro, si es que quieren trabajar. Aquellos niños, que hace veintitantos años inundaban nuestros patios, aceras y parques, han desaparecido. Nuestro barrio de El Ejido, tan alegre y bullicioso, con sus cines y salas de fiestas, repleto de juventud, se ha quedado vacío y mudo. Los lugares de esparcimiento y de ocio han tenido que claudicar ante la ausencia de clientes. En el hueco que dejaron han incrustado, rememorando la canción de Joaquín Sabina «¿y nos dieron las diez», no una oficina bancaria, pero sí algo parecido, un gran supermercado para deleite de amas de casa y jubilados. Aquellos niños, ahora ya jóvenes maduros, con sus brillantes carreras terminadas, se han incorporado al mercado laboral, emigrando a otros pagos que no son precisamente los de nuestra región y engrosando la cada vez más abultada diáspora leonesa. En otras ciudades como Madrid, Barcelona e incluso Valladolid, desarrollarán sus investigaciones, aplicarán los conocimientos adquiridos, pero su tierra, León, seguirá ensimismada, dormida, contemplando el goteo continuo, la deserción obligada de sus jóvenes más preparados. Otras regiones, más avispadas, los recibirán con los brazos abiertos. Pero esos jóvenes que, según las últimas estadísticas, superan ya los tres mil en tan sólo un año, ya no producen riqueza para su provincia, y, sobre todo, ya no formarán una familia en el lugar que les vio nacer y crecer. Ni siquiera sus progenitores, ya jubilados y abuelos, podrán disfrutar de la presencia y compañía de unos nietos que, en buena lógica, deberían haber nacido en la tierra de sus antepasados. En fin, toda una generación perdida, y ¡la mejor preparada!. Perdida, gracias a una sucesión de desaciertos de nuestros representantes políticos que no supieron comprender, inconsciente o tal vez deliberadamente, que nuestra región se merecía un trato más justo y generoso. Si ellos siguen más pendientes de qué sillón ocuparán en las próximas elecciones que del futuro de los ciudadanos que representan, entonces tendremos que ser nosotros, los leoneses, los que nos movilicemos y nos hagamos escuchar. Aún estamos a tiempo de corregir esos errores y enmendar el desaguisado; y que las generaciones venideras dispongan, aquí en su tierra, de las oportunidades que la de nuestros hijos vio malogradas. Como dice el dicho: «rectificar es de sabios». En lo que respecta a León cabría añadir «y de justicia». QUERIDO y admirado amigo: Hace unos diez años, me sorprendiste un día al dedicarme una columna en el Diario de León. Por aquel tiempo, con motivo de mis frecuentes visitas a León nos veíamos en la Cafetería del Hotel Conde Luna y hablábamos distendidos de todo lo imaginable desde el amor a León y a nuestra España. Esa, para mí preciosa costumbre, se ha ido perdiendo, ya que es difícil localizarte en plazos limitados de tiempo y comentaba el hecho el pasado viernes 29 de marzo, en la Casa se León en Madrid con tu hija, con motivo del Acto de Homenaje, tan bien conducido en tu ausencia, por Antonio Pereira, siempre tan ameno y genial. En uno de estos encuentros vis a vis, recuerdo que te referías a la España rural áspera y espléndida de Camilo Mauclair, en la que algo se movía desde siglos atrás y una de las primeras consecuencias había sido la creación de las viejas Escuelas Superiores de Veterinaria, hoy Facultades. Sí, la España rural, y luego la urbana se ha movido siempre trepidando o en silencio, y en ocasiones con seismo al fondo. Esto nunca más, querido amigo, que así sea. Cuando me dedicaste el mencionado artículo periodístico y te pregunté «¿cómo se te ocurrió?», me contestaste «te lo debía». Pues yo te lo debía también, y nada mejor que saldar la deuda en la celebración de tu centenario gozoso y en plenitud mental. Me complace contemplar la cascada de elogios y reconocimientos, tan merecidos, vertidos sobre tu persona, con motivo del centenario, ruidoso despertador de sentimientos dormidos. León te debe mucho, y la Comunidad y el País entero. Lo debe a tu conducta humanamente ejemplar ante la adversidad. Elegiste la vena poética por amor a la belleza y que también permitía lanzar al viento, puro y limpio, los entresijos del alma y del corazón, ese Emperador de los sistemas orgánicos en idea del Albéitar Francisco de la Reina, precursor genial del conocimiento sobre la circulación sanguínea y que tú calificabas de grito surrealista. La poesía, la escritura, la cultura te permitían un desahogo clamorosamente armónico y revitalizador que te ha convertido en centenario ilustre y pleno de actividad. En el mismo mes y año ha cumplido los cien años otra eximia figura de las letras D. Francisco Ayala y García Duarte, acreedor de un sinnúmero de reconocimientos y honores, por quien he sentido también admiración y adhesión a su obra. Encuentro un paralelismo entre ambas figuras vistas bajo el prisma de la admiración y el respeto. Ambos son rigurosamente coetáneos, alcanzan el centenario en plena lucidez mental y envidiable actividad, atesoran una inmensa obra literaria, disponen de sendas Fundaciones en su honor, con la misión de extender e inmortalizar su producción literaria. Ambos, cada uno con su circunstancia, superaron las negativas consecuencias de la llamada Guerra Civil Española, de triste recuerdo, y lo hicieron con ejemplaridad y honor. Los dos han recibido numerosos galardones y premios. Personalmente nunca he entendido que Victoriano Crémer no sea Académico de la Academia Española. Esta opinión no puede considerarse baladí o trivial, sino todo lo contrario, es simplemente un olvido imperdonable de la Academia Española y el Instituto de España. Podemos considerarlo un fallo lamentable e injustificado a todas luces. Debo terminar. Espero y deseo que vivas muchos años y conserves tu magnífica senectud rodeado de los tuyos y con el imperecedero afecto y admiración de tus muchos amigos. Un fuerte abrazo.