CUENTOS DEL SIGLO XXI
La mirada turbadora
HACÍA una semana que el presidente del poderoso banco SBPC había dejado atrás el corazón de África pero allí, en su despacho, aparecía la mirada de aquel niño desnutrido hasta el espanto y sin fuerzas para luchar contra las moscas. Su hermano, un médico cooperante, le había invitado al hospital mantenido con la ayuda de gentes anónimas. «¿N o te gustan las emociones fuertes? Atrévete a ver la otra realidad de este continente. No todo son crepúsculos de lujo desde la hamaca de tu hotel del Ngorongoro». El banquero, de temple legendario, hacía tiempo que había decidido vender su capacidad de emoción al diablo del poder. Por eso no entendía que le turbase el recuerdo de esa mirada que era como un pozo insondable. Apenas pegó ojo pese a que quería descansar bien esa noche, víspera de la junta general en la que presentaría un balance espectacular: 3.220 millones de beneficios netos, un crecimiento del 27,4% en los créditos y rendimientos imparables en los paraísos fiscales donde el banco era líder indiscutible. Pese a haber dormido a trompicones, saltó de la cama al primer aviso del despertador. Frente al espejo se cruzó, como un destello, la mirada del niño y murmuró: «¿qué clase de triunfador es el que ahí se refleja?». Cuando llegó a la sala de juntas a los consejeros les extrañó la sonrisa del presidente. «Amigos. Hemos trabajado duro; gracias al frenesí hipotecario, nuestros clientes se siguen endeudando como idiotas y bien que lo aprovechamos... pero he decidido reducir los beneficios y dedicar el 5% a apoyar a los niños enfermos del continente negro...». El estupor de los consejeros coincidió con el bloqueo automático de las puertas y la salida, por los conductos del aire acondicionado, de un gas letal mezcla de fosgeno, tabun y sarin. Vomitando sangre, y con los ojos inyectados de asombro, el presidente recordó, de pronto, las tajantes órdenes que dio tres años atrás al ingeniero informático en plena euforia del más glorioso semestre del banco: «Pon alarmas, cierra todo, pon lo que sea, que nadie salga vivo de aquí si alguien pronuncia la frase reducir beneficios ...». El hábil ingeniero, poco amigo de metáforas, había tomado buena nota.