Diario de León

BURRO AMENAZADO

Descontrol de herbicidas

Publicado por
PANCHO PURROY
León

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UNA MANTA verde de trigo y cebada se extiende por el secano, en un tempero de cosechón de grano. Para encontrar el rojo de las amapolas, el amarillo de contados jaramagos y el azul de la viborera, hay que localizar alguna cuneta que haya quedado a salvo del espolvoreo de herbicida. Había buen vivero de plantas ruderales en los rastrojos, pero ya están todos labrados, con hecatombe de los nidos de calandrias, alondras y terreras, las aves pardas del llano que emiten en vuelo sus trinos musicales. Dentro de unos días eclosionarán los pollos de perdiz roja y asistiremos al habitual espectáculo de descenso de los perdigones que acompañan a la madre. No se trata del zorro, la corneja, la urraca ni los aguiluchos, sino la imposibilidad de crecimiento de los pollitos, insectívoros en las tres primeras semanas de vida, en un ambiente que carece de las chinches y oruguitas que se sustentan sobre estas plantas silvestres barridas por el herbicida. Hay que demandar al subvencionado agricultor responsabilidad en el tratamiento a los predios, con dosificación exquisita en los productos químicos que utiliza en el cultivo intensivo. Lavar una cuba en un canal acarrea una cadaverina de cangrejos y peces como la que acabamos de tener a la vera de la urbanización de Valjunco. Apenas se comentó el verano pasado el episodio gravísimo de contaminación del Órbigo por las atrazinas empleadas en desherbar el maíz, cultivo dominante de nuestro regadío. El ayuntamiento de Benavente tuvo que prohibir el consumo del agua del grifo y gastarse la hijuela en adquirir filtros de carbono que intentaron paliar el envenenamiento. Fíjense como sería la cosa que un monitor de piragüismo, por cierto alumno de Biológicas, al llevar a sus chavales a remar en el río benaventano, se encontró con la alarma de los ojos de sus pupilos llenos de pústulas solo de tenerlos humedecidos por las salpicaduras de los remos, con los médicos del hospital acojonados.

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