Diario de León
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León

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La última vez que vi a Charo fue desde la ventana de la biblioteca de mi casa. Vivíamos enfrente. Acompañada amorosamente por Fernando, su marido, caminando lentamente como si luchara con un muro invisible que la impedía avanzar, llevaba unas grandes zapatillas de chancleta en felpa azul que iba arrastrando trabajosamente, moviéndolas más con su fuerza de voluntad que con su fuerza física¿era el comienzo del fin, no por previsto, más inesperado. Conocimos a Charo hace quince años, al fallecer mi padre. Mi madre se encontró con ella en una consulta y, buenas y afectivas conversadoras las dos, comenzaron a salir a pasear asiduamente. Desde ese momento la relación se amplió al círculo familiar y todas nos encontramos con una hija y una hermana más. Charo era la alegría, la dulzura del amor desplegado en acción hacia todos los que la rodeaban. No importaba que fuera un extranjero que dudaba ante un plano o un anciano con dificultades para subir una acera, allí estaba Charo con su mano siempre dispuesta para la ayuda. Esa empatía, ese ponerse en el lugar del otro, de ayudar antes de que se le pidiera y, de corazón, generaba una energía especial que se irradiaba como las ondas concéntricas que produce una piedra al impactar en la superficie de un lago. El mirar hacia fuera más que hacia dentro, le hizo sobrellevar su enfermedad con una entereza y un valor ejemplarizante. Ella siempre estaba bien y te contestaba con una sonrisa aunque dependiera ya, para poder moverse, de un parche de morfina. Su lucha duró quince años. Aquí la retenían sus hijos Luis Fernando y Carlos y Fernando, su marido, por ellos deseaba seguir, deseaba verlos con sus vidas organizadas y ésa fue su mejor medicina, que la hizo vivir mucho más allá de lo que la ciencia médica presumía. Hoy, el mundo es un poco más pobre por haber perdido la riqueza de un ser como Charo, si bien el reflejo de su luz queda en todos los que la conocimos y la quisimos, con la esperanza puesta en que la conexión a través del amor no tiene límites de tiempo ni espacio y, en ese nivel espiritual, todos estamos en perpetuo contacto, la comunicación no se pierde sólo cambia la frecuencia de vibración. Charo, cuánto agradezco a la vida el haberte conocido y el haber disfrutado de tu amistad durante unos años, pocos, pero fructíferos, llenos de calidez y de ternura y sé que esta postura es compartida por muchas personas, no había nada más que ver el mar de flores que inundaba el tranquilo cementerio rural donde ya descansas y la cantidad de personas que te acompañamos en ésta tu última singladura por el proceloso océano de la existencia. Como epílogo unos versos de Rabindranath Tagore: «Cuando me vaya, sea ésta mi palabra última: que lo que he visto no puede ser mejor. Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el océano de la luz y así fui bendito. Sea ésta mi última palabra. He jugado en esta casa de juguetes de formas infinitas, y vislumbré, jugando, a aquel que no tiene forma. Mi cuerpo entero ha vibrado al contacto de aquel que es intangible. Si así debe ser el fin, sea. Ésta es mi última palabra». María Jesús G. Armesto (León). Con motivo del «Encuentro Mundial de la Familia» (EMF) que se celebrará del 1 al 9 de julio en la ciudad del Turia, el arzobispo de Valencia, Agustín García-Gascó ratificó que se «trata de reencontrar el sentido del verdadero amor frente al amor-basura». También la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal aclamó un mensaje con motivo del «Encuentro Mundial de la Familia», aseverando que: «El Papa viene a Valencia a anunciar el Evangelio de la familia, cuyo valor es central para la sociedad y para la Iglesia», este encuentro «tiene como objetivo fundamental ayudar a fortalecer la identidad de la familia, basada en el matrimonio». Asimismo, se ha clausurado el congreso «Europeo por la Vida», coordinado por la Universidad Católica San Antonio (UCAM) y el Pontificio Consejo para la Familia. Allí, el arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, habló sobre la familia como el medio educativo para la existencia, aseguró «que sin duda, la injusticia y la opresión más grave del momento presente es esa gran multitud de seres humanos indefensos, que ven aplastados sus derechos fundamentales a la vida». Clemente Ferrer Roselló (correo electrónico). José Prats (Salt. Gerona).

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