NUBES Y CLAROS
Verano que todo lo olvida
EN UN PAÍS que se prepara para el asalto de la chancleta y el ombligo al viento (el de las barriguillas cerveceras, que de los adolescentes estamos saturados), poco importan problemas ajenos, sobre todo cuando son tan ajenos que pasan allá por los extranjeros, especialmente en aquellas partes que ni se conocen ni se entienden. Ocupados en hacer acopio de maletas y revisiones de neumáticos para emprender la soñada huída, suenan como ecos lejanos e incomprensibles los tambores de destrucción que acechan otras fronteras que no son las del turismo de ocio y negocio. Bien es verdad que cabría decir que suenan más lejos ahora, porque sea en esta época o en pleno inicio de curso hay conflictos que nos dejan fríos, que su popularidad, haciendo caso omiso de las veces que se repiten en los informativos, no llega nunca a calar en el público. Son conflictos que no llegarán nunca a la categoría de interés general de que gozan el fútbol y los programas rosas, y pese al empeño de los corresponsales en adoctrinar al espectador sobre las causas (siempre injustificadas) del sufrimiento ajeno se miran como se mira llover, con la vista tan fija como perdida y sin ver en realidad ninguna de las gotas que caen. Sólo así se explica la indiferencia ante el salvajismo israelí, por elegir uno de entre tantos (¡cuántos!) conflictos sangrientos. Conflictos que, está demostrado, de una manera u otra pueden acabar salpicándonos a todos. Pero no todas las víctimas son iguales. Lo sabemos bien los periodistas, que valoramos la noticia por cadáveres en proporción a la distancia a la que se produce la masacre. Lo explica la fugacidad del estremecimiento por la matanza en los trenes de India. Breve escalofrío para imágenes que revivían tan fielmente el drama que no hace tanto lloramos en España. Pero suena ya la canción del verano...