Diario de León
Publicado por
FEDERICO ABASCAL
León

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ANTES de su visita a Damasco, donde el Gobierno sirio le ha prestado atención y dedicado tiempo, el ministro Moratinos habló sobre la crisis de Oriente Próximo con Javier Solana, representante y en cierto modo icono de la política exterior de la UE, aunque en sus conversaciones con las autoridades de Siria, el jefe de la diplomacia española ha representado únicamente al Ejecutivo de Madrid. Solana afirma que dedica 24 horas sobre 24 a trabajar en la solución de esta crisis y no hay razón para no creerle, dado el esfuerzo adicional que debe compensar en lo posible una política exterior no sólo mal cosida, sino hasta mal hilvanada, lo que no sucede con Moratinos, al frente de la política internacional de un Gobierno, el suyo, a la que se califica desde la oposición de ambigua o confusa y a menudo de desastrosa e irresponsable. Tal vez la ambigüedad supuestamente prolibanesa con que el presidente Rodríguez Zapatero juzgó inicialmente la reacción de Israel a las provocaciones de Hamas y Hezbolá haya influido en el recibimiento, casi efusivo, que el presidente de Siria, Bachar al Asad, ha dispensado a Moratinos. Traducida esta suposición a la realidad de Oriente Medio, podría reflejarse así: la diplomacia española ha intercedido ante una de las partes del conflicto entre Israel y Hezbolá, y viceversa, y entre Hamas e Israel en la franja de Gaza, para que el alto un fuego sea posible. Debe aclararse que Siria no es parte directa en la crisis, pero tampoco carece de responsabilidad en la situación desatada. Moratinos dijo en Damasco, minutos antes de regresar a Madrid, que espera que se refuerce la relación entre Siria y el Líbano, «relación importante para apoyar al gobierno libanés, al primer ministro libanés», precisó el ministro español, lo que sería muy bueno dada la actual debilidad política, militar, económica e institucional del Líbano, pero sin olvidar en ningún momento que si a Siria no le gusta determinado canciller libanés, éste lo pasa mal o deja definitivamente de pasarlo mal o bien. El antecesor de Bachar al Asad sufrió un atentado de cuya autoría no se admiten dudas en Beirut. Con ese distanciamiento brechtiano que intenta parecerse a la ecuanimidad, Moratinos dijo en Damasco una frase que en algunos oídos chirría. Preguntado por si el alto el fuego podría ser inminente, respondió: «Ese es el deseo y la esperanza, pero hace falta convencer a las partes, a Hezbolá y a Israel, de que asuman el alto el fuego». Tal vez sea demasiada simplificación. Si el actual conflicto de Oriente Próximo fuera un problema entre dos partes, un Estado democrático y una organización terrorista, y la comunidad internacional se limitara a persuadirles de que cesaran sus hostilidades, el Derecho de Gentes regresaría a un tiempo en el que no había nacido aún.

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