AL TRASLUZ
Mutilación invisible
LA CONFESIÓN de Günter Grass de haber pertenecido con quince años a la Waffen-SS ha servido para que irrumpan en la sociedad alemana -y en la nuestra- algo más que serpientes de verano. El escritor ya había hablado en otras ocasiones de ello, pero nunca tan concretamente. Ahora llegan los linchamientos, de izquierdas y de derechas. Demasiado tarde, dicen. Y claman algunos: lo ocultó para no perjudicar su candidatura al Nobel. Pero la obra habla por si sola de cuáles son sus convicciones, sin necesidad de remontarnos tan lejos. Reconoce que lo ha llevado como una ignominia, su fardo viscoso, aunque nada perverso hizo, pues únicamente era un muchacho en tiempos trágicos. El puritanismo ideológico se le ha tirado a degüello, como cuando Ratzinger fue designado Papa hablaron de su pasado nazi, sólo porque en plena guerra le sacaron del seminario para forzarlo a incorporarse a las Juventudes Hitlerianas. La obra de Grass no deja de ser la que es. Ni siquiera su imagen pública de intelectual comprometido ha de resentirse. ¿Qué creen que es un ser humano y que fueron aquellos años de monstruosidad institucionalizada? Todos somos consecuencia de nuestros respectivos viajes iniciáticos; algunos de una caída y de una redención. Lo que importa es lo que hizo con aquella perversa impregnación, con esa mutilación invisible, en qué la transcendió, si actuó sobre él como un compromiso con el bien o simplemente fue mero silencio, vergüenza oculta. Algunos errores salvan más que los aciertos . Cuidado con los verdugos de la honorabilidad ajena, con quienes reducen la Historia a fechas y fichas, con los justos que destierran la piedad de sus veredictos.