LA VELETA
Derecha y ultraderecha
LA DERECHA española habría empezado a distanciarse de la ultraderecha cobijada en sus filas y al mando de ellas o de parte de ellas. Dicho de otra manera, el conservadurismo no quiere ser cómplice de conspiraciones desestabilizadoras de las instituciones ni del menor deterioro del Estado de derecho. Y es que los partidos políticos no son iconos fidedignos de la sociedad, es decir, no se agotan en ellos las parcelas ideológicas -o las diversas emociones políticas- de un conjunto social. Al menos, en España. La Alianza Popular (AP) de Fraga era entonces la derecha, pero franquista o, más bien, franquista «light», mientras que la UCD de Suárez era un magma compuesto, frente a la izquierda, por franquistas abochornados o evolutivos y por la constelación de grupúsculos democráticos que se habían distanciado del franquismo, aunque sin ningún exceso heroico. Y la UCD se convirtió en derecha, aunque inviable dadas sus contradicciones internas. De ahí que, en su entorno ideológico, se dedicase el franquismo de hoja perenne a la desestabilización social y política, y grupos democristianos amparados por Suárez se acercasen a Fraga intuyendo en él perspectivas de futuro, y personalidades de inclinaciones socialdemócratas se fueran aproximando hacia el PSOE. La inquietud no procedería tanto del temor a que una franja del PP se dejase arrastrar por tentaciones populistas, desestabilizadoras y de extrema derecha, pues ya se sabía que la extrema derecha estaba allí, sino porque estas tentaciones no nacen dentro del partido, sino que el partido parece sentirse irresistiblemente atraído por ellas y se hace en apariencia su prisionero. Se trata de dos cenáculos abiertos en el mundo de la comunicación, uno de ellos propiedad de la Conferencia Episcopal Española, mayoritaria en el accionariado, y otro dirigido por uno de los periodistas más hábiles y pintorescos, caracterizado por sus cambios bruscos de opinión y predicación sobre asuntos trascendentes de Estado. Lo peligroso de esta situación no es el resultado de la batalla mediática ni la robustez que pueda adquirir la ultraderecha en el PP; lo peor es la influencia de los dos medios, una emisora de radio y un diario nacional, en un gran número de oyentes y lectores, una influencia que, reflejada en la pantalla de la opinión pública, ofrece datos acongojantes, como el del alto porcentaje de ciudadanos que duda de la honestidad de las investigaciones judiciales y policiales. Pasará esta legislatura, y la siguiente, pero será imposible que la ultraderecha española, especialmente la que dirige a la derecha política desde fuera del PP, corrija el daño que está haciendo a una sociedad que, eso sí, empieza a despertarse de la pesadilla de los delincuentes presentados como paradigmas del honor y la verdad.