EN BLANCO
El Ejido
SEGÚN te acercas a la escena del crimen, ya notas que hasta la Catedral trata de volver la cara para no contemplar la chapuza dispuesta a sus sacrosantas espaldas. Porque el panorama de devastación que presenta la avenida de José María Fernández, sólo se explica por una incursión rasante de la Legión Cóndor o la embestida a sangre y fuego de Atila con todos sus hunos. Un horizonte de agujeros, escarpaduras, baches, socavones y pasarelas que darían vértigo a la misma Pinito del Oro, se ha enseñoreado de un lugar que, según la versión municipal, acabará por convertirse en maravilla de la arquitectura vanguardista y cordial. Hoy en día, sin embargo, si quieres transitar sin riesgo por El Ejido debes ir equipado como para una de las expediciones polares del comandante Scott, llevando a mano planos pormenorizados por si, Dios no lo quiere, caes en esta versión de las cuevas de Valporquero, y bengalas señalizadoras que indiquen tu posición en caso de despiste. Lo más importante es la brújula, pues por ejemplo pretendes acercarte al bar de la Sonsi para tomar el aperitivo y echarle un vistazo a las pantorrillas, deporte que goza de gran predicamento en el barrio, pero te enredas en el laberinto del Minotauro y acabas en la mercería de Pili. O quieres arreglarte las patillas en la peluquería de Casimiro y terminas, por decisión del destino, en el bazar de José Luis. Dicen que Amnistía Internacional se ha interesado por la situación del Ejido, pretendiendo incluir el asunto en la categoría de catástrofes naturales junto a los programas televisivos de Ana García Obregón. Toda ayuda es poca para los damnificados ejidenses.