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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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UNO de los aspectos más llamativos ante las airadas protestas de los grupos islamistas por el discurso académico de Benedicto XVI, en la Universidad de Ratisbona, ha sido el silencio de los intelectuales europeos. Sus palabras, sacadas de contexto, fueron mendazmente instrumentalizadas por el islamismo radical con el objetivo no de provocar un conflicto con el papado y el catolicismo, sino como un elemento más para enardecer políticamente a sus seguidores y sacarlos a la calle en contra de un occidente odiado como causa de su secular miseria. Los intelectuales occidentales, como ya ocurriera con el asunto de las caricaturas de Mahoma, se han callado, e incluso algunos han criticado al Papa por dar a los islamistas argumentos para su irritación. Otros han contrapuesto a estos intelectuales pusilánimes y miedosos con la valentía de Oriana Fallaci, la periodista italiana fallecida estos días, que en sus últimos años ha denunciado con vehemencia la islamización de Europa y la pérdida de este continente de sus señas de identidad cristianas. En definitiva, parece como si el punto central de la disputa estuviera en las palabras de Ratzinger a cerca de que la fe no ha de ser impuesta por la violencia y, por tanto, el cuestionamiento de la yihad entendida como guerra santa. El problema, pues, se situaría del lado del islám. A mi me parece que esta interpretación tergiversa completamente el discurso del Papa, pues creo que lo dicho en él no se sitúa en el lado musulmán sino en el lado cristiano. El Papa como teólogo planteaba en él una cuestión central de la filosofía cristiana, que la recorre desde san Pablo hasta el recientemente fallecido Juan Pablo II en una de sus últimas encíclicas acerca de la fe y la razón, pasando por san Agustín y santo Tomás, y es la racionalidad de la fe. Ratzinger, profesor en otro tiempo en Ratisbona, entiende la teología como parte fundamental de los conocimientos que deben impartirse en la universidad, pues forman parte del «todo» de la «universitas scientarum»; y por tanto, debe haber un diálogo serio y abierto entre teólogos, filósofos y científicos. Pero eso es justamente lo ya no entienden muchos intelectuales europeos de la posmodernidad. No hay hoy grandes pensadores que se declaren ateos o, mejor, no hay ya una militancia en el ateismo al estilo de Marx, Freud, Nietzche o Sartre; filósofos y pensadores que buscaban en la razón los argumentos para negar a Dios. Hoy vivimos una crisis de la razón ilustrada y, por ello, se critica toda concepción totalizante de la razón humana. También se cuestiona el fin de la historia, no al estilo de Fukuyama, sino al negar que ésta tenga un sentido. No hay verdades absolutas sino relativas y, por tanto, la religión es sólo una opinión más. De ahí el principio de tolerancia tan querido por estos modernos intelectuales, pero tolerancia no por respeto a la persona sino por la inseguridad de las propias convicciones. Esta es la diferencia con Ratzinger; el Papa habla de tolerancia, de diálogo, de respeto a la persona humana; pero sin renunciar a la verdad, sin caer en el relativismo teológico y moral. Hoy los filósofos, que han abandonado la metafísica, no entienden ese lenguaje y caen en un indiferentismo religioso alienante y angustioso. Sin embargo muchos se pasan al otro extremo, al fideismo, tan querido por el protestantismo pero que no da lugar más que a una religión del sentimiento, como la musulmana. Probablemente ésta es una de las razones del silencio de muchos intelectuales ante una religión como la musulmana; hay un Dios transcendente que ha dictado sus leyes a las que todos deben someterse, la sharia. Como le ocurrió al pensador marxista Roger Garaudy convertido al islam, muchos intelectuales de izquierdas están subyugados por el atractivo de una religión que se fundamenta exclusivamente en una fe entendida como sumisión (islam) absoluta a Dios. Buscan en ella lo que han perdido al hundirse el comunismo y al desaparecer el marxismo como proyecto filosófico útil.

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