Diario de León
Publicado por
JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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EL ARTÍCULO SEIS de la vigente Constitución impone a los partidos políticos que su estructura interna y funcionamiento deben ser democráticos. Esta obligación constitucional es, en la práctica, bastante difícil de conseguir pues todos ellos tienden a una concentración de poder en muy pocas manos muy poco democrática, en un grupo muy reducido de personas en tono a un líder indiscutido. La democracia interna, en la mayor parte de los casos, es sólo un deseo, aunque la Constitución lo imponga como un deber. En la práctica, todos los partidos políticos funcionan, pese a que no lo digan así sus estatutos, como los viejos partidos comunistas de ideología leninista, mediante el centralismo democrático que, según los manuales de la época, se definía como pluralidad en la discusión y unidad en la acción. En pocas palabras, lo importante era que nadie discrepara públicamente de las decisiones de la dirección y las acatara ciegamente, pese a las reservas mentales de algunos militantes. Hoy hay muy poca discusión en los partidos políticos, pero cada vez es mayor la unidad en la acción. La democracia interna se resiente pero eso no importa pues lo que se busca es la unanimidad que muestre la unidad del partido en torno a sus líderes, cosa que al parecer vende mucho. Rajoy ha conseguido reunir en Valencia el pasado fin de semana a los candidatos municipales del PP de las principales capitales de España. Es una buena muestra de unidad, aunque en la gatera se hayan quedado algunos pelos por enfrentamientos entre candidatos y un cierto disgusto en algunos, como ocurrió en León con Saurina frenta a Amilivia. Peor ha sido el asunto de Fátima López Placer y Ángel Escuredo, una llevando a los tribunales al partido por decisiones que considera ilegales porque le afectan a ella, y el otro, apeado de su condición de parlamentario, creando un nuevo partido político con el objetivo de hacer daño a sus antiguos correligionarios con el aplauso socialista. En el PSOE, donde Zapatero acumula un poder como ningún secretario general tuvo en la historia de ese partido, las cosas tampoco van bien. Todavía no se conocen los candidatos de muchas ciudades, por ejemplo Madrid, y el haber renunciado, como perro escaldado, al sistema de elecciones primarias también le ha traido algunos problemas de imagen. Las elecciones primarias que Almunia quiso poner en marcha como un medio de democratización interna del partido acabaron, como se sabe, en un auténtico fiasco. Wenceslao Orallo, secretario local de Ponferrada, que es buena persona y que está un tanto cansado de que toda la vida política del PSOE comarcal se reduzca al mangoneo de tres o cuatro prebostes, creyó que podría poner en marcha un nuevo proceso de primarias para elegir al candidato a la alcaldía de Ponferrada. Fue despachado sin la menor compasión por Ángel Villalba; así le pagan los más de veinte años de militancia en ese partido. No sé si esto tendrá consecuencias electorales, pero intuyo que si, y que Carlos López Riesco se frota las manos ante una nueva victoria electoral por mayoría absoluta. El mencionado artículo seis señala que los partidos son un instrumento fundamental para la participación política. Así debería ser pues ellos reflejan el pluralismo político y deben concurrir a la formación y manifestación de la voluntad popular. El problema es que esos partidos políticos son, en la mayoría de los casos, entes anquilosados no sólo en sus ideas, también en su militancia. Cada vez son menos los que militan en partidos políticos, por lo que también son menos los que proponen las personas que deben encabezar las listas electorales. Quiere esto decir que la democracia parlamentaria se sustenta sobre una exigua minoría de personajillos, muchas veces enfrentados entre si y con un bagaje intelectual y cultural escasísimo. A los electores luego no nos queda más alternativa que elegir entre los que este reducidísimo número de personas nos presenta. Algo no marcha bien en este sistema.

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