Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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EN LAS elecciones catalanas se enfrentan dos grandes opciones políticas: la reedición, obviamente corregida, del gobierno tripartito y el regreso de CiU a la presidencia de la Generalitat. Hay otras opciones subsidiarias, como «Die grosse Koalition» entre CiU y PSC o una hipotética alianza de nacionalismos CiU/Esquerra Republicana. A un alto porcentaje de electores les seguiría tentando la abstención, por lo que las interpretaciones demoscópicas no se fían ni de quienes tienen ya su voto decidido. (No es lo mismo decidir a quién se quiere votar que ir a votarlo). De ahí que el candidato socialista Montilla anunciase ayer que va a esforzarse denodadamente por conseguir una alta participación que proporcionase al PSC «una victoria contundente». Tal vez la gran coalición CiU/PSC no sea una opción subsidiaria sino el mal menor que, a estas alturas iniciales de la campaña, acariciarían convergentes y socialistas. Y es que ambos partidos saben que su pasado más reciente ofrece muy escaso atractivo electoral. El gobierno tripartito tiene en su haber la elaboración del «Estatut», la pieza esencial de su programa, mientras que CiU puede ofrecer su pacto de última hora con Zapatero, en la intimidad de La Moncloa, para que el texto de Maragall, Carod Rovira y Saura fuera suficientemente recortado y viable. Pero ese asunto, el nuevo «Estatut» como obra magna de gobierno, no ha interesado desde el inicio de su gestación hasta su refrendo en las urnas más que un pequeño porcentaje de ciudadanos. Preocupa o interesa más a los catalanes la inmigración y la vivienda, e incluso la inseguridad ciudadana, que las vicisitudes estatutarias. Casi todas las encuestas señalan a Mas por encima de Montilla, recogiendo posiblemente el peso de la inercia que el pasado pujolista ejerce sobre la apatía mental de los entrevistados. Y porque Montilla, a pesar de que su biografía política es catalana, parece en esta confrontación electoral como el nuevo entre antiguos. Mas también es un «poster» relativamente nuevo en elecciones, pero ya venía siendo el candidato de su coalición desde hace años, y con el aliciente incorporado de que el presidente Zapatero lo estampilló como firme alternativa catalana, y posible coaligado en el Gobierno central, al desenredar con él los nudos anticonstitucionales del proyecto de «Estatut». Mas y Zapatero son los únicos líderes políticos a los que desagradaría en Cataluña un nuevo gobierno tripartito. A Mas, porque CIU no podría enderezarse en la oposición, debilitándose en una nueva espera, y a Zapatero porque el PP volvería a insistir en que el presidente socialista se alía con el independentismo que quiere desmembrar España. Y porque, en el caso de CiU fuera de la Generalitat, ZP no podría contar en Madrid con el apoyo parlamentario convergente. En La Moncloa se habría diseñado la próximo legislatura sobre los cimientos de una sólida amistad/colaboración con Artur Mas. Y si Mas aparece en Cataluña como una oferta de algo más de lo mismo, de lo mismo que representó Pujol durante más de dos décadas, en Madrid esa oferta resulta para todo Gobierno central una delicia: CiU, garante fiable de la gobernabilidad.

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