LÍNEA ABIERTA
Allons, enfants de la patrie
LA NOCHE del 25 de abril de 1792, recién declarada la guerra contra el emperador de Austria y el rey de Prusia, el burgomaestre de la ciudad de Estrasburgo, Friedrich Baron Dietrich, realizaba un encargo a un joven capitán, por nombre De Rouget, que el mismísimo Stefan Zweig recogerá como uno de los Momentos estelares de la humanidad. Esa noche se componía La marsellesa, que pronto desbancará el inicial canto revolucionario del Ça ira . Ya sé que me van a decir que nada en la Francia del s iglo XXI hace pensar en un momento de tal incertidumbre y agitación. Pero también es verdad que, por primera vez, desde hace ya quizás demasiado, la ciudadanía francesa atisba la renovación de una clase política que traiga el necesario aire fresco a un cuerpo electoral desencantado con sus representantes públicos. La gerontocracia de la V República, representada por el actual presidente Jacques Chirac, como por otros políticos del Partido Socialista, como Laurent Fabius, Lionel Jospin, Jack Lang y Dominique Strauss-Kahn, parece que por fin se encuentra en trance de saludable desaparición. Francia no merece, desde luego, una segunda vuelta de las elecciones presidenciales como la vivida en el 2002, entre un desprestigiado y errante Chirac y un xenófobo y fascista Le Pen. Dos jóvenes y pujantes políticos, aunque ya con experiencia pública, Ségolène Royal y Nicolas Sarkozy, van a disputarse, con casi toda seguridad -habida cuenta de la caída en picado de popularidad del primer ministro, Dominique de Villepin-, la presidencia de la República el próximo 2007. Aunque las cosas no serán fáciles para ninguno de los dos. Por parte de la candidata socialista, su más rancios correligionarios ven con recelo lo que creen no es más que la imagen mediática de una demagoga parvenue carente de programa y convicciones. Y para el candidato del centro derecha, es presumible que tanto Chirac, que hará lo posible por exprimir sus posibilidades de un tercer mandato, como Villepin, en horas bajas, tratarán de impedir sus nominaciones. Pero sea como fuere, lo que nadie puede discutir es que la opinión pública está despertando de su letargo. Y es que, tras la desaparición de François Mitterrand (y antes, por supuesto, las del todopoderoso Charles de Gaulle y de Georges Pompidou), la oligarquía política gala ha ido decayendo de forma imparable y alarmante. Su resultado: el empobrecimiento del discurso político y el alejamiento de la población. Nunca quizás más real el distanciamiento que el profesor Leon Duguit, decano de la Facultad de Derecho de Burdeos, atisbaba entre gobernantes y gobernados. Pues bien, la ilusión ha vuelto, y en este sentido hay que entender la estrofa de La marsellesa , que abre estas reflexiones. Ya lo señalaba García Márquez, que de política entiende algo, en un conocido diálogo de su obra El coronel no tiene quien le escriba : «La ilusión no se come -dijo la mujer. No se come, pero alimenta -replicó el coronel». Francia tiene que abordar una urgente reestructuración de su anticuada Administración pública, de su rígido mercado laboral, de su baja productividad, de su insatisfactoria Seguridad Social, de sus deficientes políticas en materia de educación, inmigración, familia, etcétera. Y para abordar todo ello, se requiere, sobre todo, ilusión. Que así sea.