Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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SI MAQUINACIONES municipales de última hora no lo remedian, el Teatro Emperador cerrará para siempre sus puertas y pasará, como tantas otras reliquias leonesas, a las eternas praderas de la memoria. Icono de elegancia y suntuosidad, por el Emperador pasaron renombradas compañías de teatro, cuyos integrantes solían almorzar en el también desaparecido restaurante Los Candiles, los más divertidos espectáculos musicales y se proyectó el mejor cine de actualidad. Aún permanecen en el recuerdo colectivo las kilométricas colas para ver E.T. o la impactante Tiburón , dos de las mejores joyas cinematográficas que pudimos disfrutar en este bello y selecto monumento al narcisismo local. El Emperador, un icono de etiqueta antigua en el patrimonio sentimental capitalino, fue eje sobre el que giraba la vida social y cultural de la ciudad, además de animador de la prosa cotidiana en aquel mundo sencillo e inocente que parecía zurcido en punto de cruz. Mano a mano con el recuerdo a la hora del adiós, la imaginación particular nos lleva a cada uno hasta el patio de butacas donde se mezclaba con soltura lo corriente y lo sublime, reflejado en los avatares legendarios reproducidos a velocidad de vértigo en la monumental pantalla. O al más privado gallinero, coto propicio para hacer manitas con aquella primera novia que te provocó una filigrana de sentimientos adolescentes. El bullebulle de León se arracimaba al mágico conjuro de los celebrados cartelones de Velasco, dibujados con caligrafía de pincel, otro de los míticos oropeles de un viejo teatro, el entrañable Emperador, dueño y señor de todo el embrujo de un tiempo que se ha ido para siempre.

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