AL TRASLUZ
Canónigos
PARECE que está de moda polemizar con canónigos. Vayamos por partes. En la polémica del rapapolvo público a los niños cantores de la Catedral faltó humor tanto para evitarla como para resolverla. El humor viene a ser el tres en uno de casi todos los problemas, vamos, hace milagros. Eso sí, un católico puede ser irónico, pero nunca sarcástico. A servidor también le echaron de un coro, aunque sin megafonía. El padre Batuta me espetó: «Aguirre, usted a cantar a... la ducha»; me hirió en la honrilla, pero se me pasó en el recreo. Para mí que el señor deán quiso en su juventud ser canónigo en los marines. Y qué decir del buen Castaño y su homilía en la que equiparaba como injustas la ley del matrimonio gay con las decretadas por el nazismo. La Iglesia ya ha hecho su dictamen sobre esta cuestión, y el canónigo se ajustó a ello, pero el paralelismo fue desafortunado, pues los nazis también gasearon a los homosexuales. No obstante, debemos partir de que las creencias religiosas no son estrictamente opiniones, como una homilía no es un comunicado de prensa. Esto no significa que lo dicho en una misa quede fuera del Derecho, sino que su ámbito discursivo es otro. Los partidos acertaron al mostrarse prudentes. Políticos y sacerdotes nos hablan desde púlpitos muy distintos; ni forzosamente antagónicos, ni necesariamente coincidentes. La mayoría de las veces no llaman verdad a lo mismo. Menos mal, pues lo contrario sería el pensamiento único, la dictadura de lo políticamente correcto. ¿Es racista citar siempre el último al rey Baltasar? Riamos, sin cinismo y con el corazón en la mano. El humor es también una sutil herramienta de trabajo. Y, en efecto, hace milagros.