Diario de León
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La ciencia básica ha sido durante mucho tiempo dominio de las universidades y de otras entidades no lucrativas. El valor de la ciencia venía y viene determinado por la cali dad del conocimiento creado. La explotación de la misma era dominio de ciertas empresas que raramente hacían sus propias investigaciones científicas. Esta situación ha cambiado, pues las universidades europeas y también la de León patentan ahora sus descubrimientos, sus oficinas tecnológicas buscan activamente sus socios comerciales y muchas compañías y laboratorios llevan a cabo, solos o en colaboración con las universidades, la investigación científica, contratan licencias de nuevas tecnologías y transfieren los descubrimientos e ideas en oportunidades de productos específicos Los candidatos a máster, por ejemplo, pueden realizar sus proyectos de investigación en las empresas leonesas utilizando al mismo tiempo los laboratorios universitarios, descubriendo y creando de este modo nuevos talentos, que representan el capital del futuro. Esto ofrece a las universidades españolas, y en especial a la de León, nuevas oportunidades para ser el motor de la innovación, también dentro de sus propias filas, abrir nuevas vías a la solución de problemas de envergadura como la despoblación y la sanidad. Será preciso que este movimiento innovador se extienda a todas nuestras universidades para evitar que surjan universidades de dos clases, como está sucediendo ya en algunos países europeos, las universidades «elitistas» y las de «masas». ¿Quién quiere pertenecer a las últimas? Tomás Díez Perales (Aguilar de Tera, Benavente). Recientemente me hallaba tomando un vino en un bar de La Rioja y, hojeando diversas publicaciones que se pueden encontrar en la barra de cuqalquier establecimiento de este tipo, topé con un semanario titulado Alfa y Omega y entre su contenido leí un pequeño artículo firmado por el gran escritor y periodista don Julio Camba Andreu (Villanueva de Arosa 1882 - Madrid 1962), corresponsal en Nueva York, París, Londres, etcétera, extraído de uno de sus libros: «Haciendo de República» . Narraba don Julio que, cierto día, recién asumido el poder por el Gobierno provisional de la República, se encontraba en la estación de su pueblo natal, esperando el tren de Santiago a Vigo, que ya tardaba, cuando «... de pronto se oyó un ruido. «El tren. El tren», dijo la gente. El tren resoplaba, jadeaba, suspiraba, y la impaciencia del público iba transformándose en un sentimiento que tenía mucho de piedad. Ya conocen ustedes la ternura del alma gallega. Al ver los esfuerzos desesperados de aquel tren tan viejecito, una mujer del pueblo exclamó a mi lado: «¡Pobriño!...» No hubo bien entrado el tren en agujas, cuando un señor, no lejos de mí, exclamó a grandes voces: «Pero, ¿habráse visto un escándalo sem ejante? ¿Cómo hay todavía autoridades que toleren esa máquina?». «Tiene usted razón -le dijo otro señor- La verdad es que esa máquina para lo único que estaría bien es para tostar cacahuetes». «No. Si no me refiero a la máquina precisamente -repuso el señor de las grandes voces-. La máquina es lo de menos, lo que me parece intolerable es que se llame como se llama. ¿No ve usted la placa? Alfonso XIII. Llevamos ya dos meses de República, y aún no le han cambiado el nombre. Es un verdadero escarnio...». Continuaba don Julio reflexionando que seguramente aquel señor era un buen republicano que había votado por el cambio de régimen, pero que no le importaba que cambiasen las cosas, conformándose con que cambiasen de nombre. Pues bien señores ediles de León de cualquier signo político y más concretamente los que han sido o son responsables de urbanismo, aplíquense el cuento en la forma que me permito sintetizar: ¿Qué me importa a mí y a otros muchos ciudadanos que una calle de esta querida ciudad se denomine, por ejemplo, Cristo Rey o Perico de los Palotes, si al transitar por sus aceras en días de lluvia o posteriores nos acechan solapadamente, bajo las numerosas baldosas sueltas, pequeñas (y no tan pequeñas) masas de agua sucia que alevosamente se precipitan hacia arriba manchando los pantalones y piernas de los viandantes? Conclusión: El nombre de las cosas no cambia las cosas. Manuel Pedreira García (León).

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