Diario de León
Ana Gaitero
León

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LAS gárgolas caídas en desgracia y hechas añicos sobre el patio de la Catedral son una prueba de la institucionalización de la desidia en la ciudad. Y el hudimiento del suelo en la iglesia de San Miguel de Escalada confirman que el mal está extendido. En el caso de la Pulchra, echar la culpa al tiempo y al contraste de temperaturas es el colmo del cinismo. Pedir que León clame, una vez más, para salvar su señero monumento roza el sarcasmo. Leoneses y leonesas apoyaron sin condiciones la campaña Salvemos la Catedral hace más de una década. Y tal vez el problema es, precisamente, prestar apoyo a iniciativas redentoras sin exigir nada a cambio. Ha pasado el tiempo, la tormenta del abandono de las vidrieras y ahora notables de la ciudad se empachan voceando la injusticia del arruinamiento de la Pulchra. Pero la cuestión esencial es por qué la Catedral no tiene un plan de conservación y un servicio permanente de restauración. Por qué el Cabildo, tan celoso de la propiedad y uso del monumento, no es capaz de sentar juntas a las administraciones central y autonómica para que las tres partes pongan sobre la mesa, al unísono y sin cicatería, lo mínimo exigible: sentido común y presupuestos fijos. Hay hartura de propinillas para restaurar un arbotante aquí y una torre allá. Y de políticos de uno y otro bando que sólo se ponen de acuerdo para hacer campaña a la misma hora y en el mismo barrio o departir amigablemente en eventos inmobiliarios. Con su pasividad (el clero lo hizo activamente) expulsaron al Centro de los Oficios de su lugar natural de trabajo, el centro histórico de León. ¡Qué contraste con la labor que el arquitecto y humorista gráfico José María Pérez, Peridis, ha realizado en la restauración del románico palentino, especialmente en el monasterio de Santa María la Real! La iniciativa es envidiable y merece copiarse. De hecho, Peridis , homenajeado ayer en Aguilar de Campoo, es el padre de las escuelas taller en España. En León, los arquitectos de la Catedral y su plan director callan. ¡Cuántas palabras inútiles!

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