Diario de León
Publicado por
ANXO GUERREIRO
León

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CON LA FURGONETA bomba que estalló en Barajas, ETA no sólo hizo saltar por los aires la nueva terminal madrileña, sino el proceso de paz, al interrumpir unilateral y abruptamente el alto el fuego que había anunciado hace nueve meses. Es cierto que con este gravísimo atentado se aleja la posibilidad de un final dialogado de la violencia a corto plazo, tal como había diseñado el Gobierno desde la declaración del Congreso en mayo de 2005. Pero lo es también que el proceso impulsado por el Gobierno ni ha fortalecido a ETA ni existe posibilidad alguna de que la banda terrorista pueda renacer de sus cenizas. Hasta 1992, ETA había desarrollado una guerra de desgaste contra el Estado. Los terroristas extorsionaban y mataban, tratando de producir unos costes humanos y políticos que resultaran demasiado elevados para el Estado, forzándolo así a claudicar. Pero con la caída de la cúpula etarra en Bidart esta estrategia se vino abajo y los terroristas se vieron obligados a cambiar de orientación, pensando que podrían conseguir sus objetivos convocando una asamblea constituyente que excluyese a la mitad de los vascos. Esa dinámica llevó al pacto de Lizarra y a la fallida tregua de 1998. Pero el frente nacionalista también fracasó y a partir de ese momento ETA se quedó sin estrategia. Ya no podía explicar qué iba a conseguir con la violencia. A ello se sumaron factores como el surgimiento de movimientos de resistencia cívica en el País Vasco, la ilegalización de su brazo político y, sobre todo, el acoso policial con la ayuda crucial de Francia, que contribuyeron decisivamente a la asfixia irreversible de la organización terrorista. Por eso nunca hubo justificación alguna para temer que la iniciativa del Gobierno -aunque ésta no se viese coronada por el éxito, como desgraciadamente ha sucedido- pudiera conducir al triunfo de ETA o a la rendición del Estado, como de forma tan insistente como irresponsable anunciaron los agoreros políticos y mediáticos. Sabemos por experiencia que las organizaciones terroristas, por su naturaleza clandestina y su fanatismo ideológico, tienen una enorme resistencia a reconocer los cambios que se producen en su entorno. Son impermeables a la realidad, pero aun así, ésta acaba imponiéndose. Por eso la única esperanza que puede albergar ETA consiste en que los demócratas sucumban a la tentación de ajustar cuentas entre ellos, y en que el enfrentamiento entre el PSOE y el PP sobre el proceso de paz derive en una confrontación vital para los intereses electorales de ambos partidos. Pronto sabremos si todos los demócratas estamos en la misma orilla; pronto sabremos si prevalece el interés general o éste sucumbe, como tantas otras veces, ante miserables cálculos electorales, y pronto sabremos también si todo el mundo tiene claro que sólo ETA es el enemigo.

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