Diario de León

TRIBUNA

Instrucciones para entender un Vargas

Publicado por
Salvador Gutiérrez Ordóñez
León

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En Historias de cronopios y famas ofrecía Julio Cortázar unas breves «Instrucciones para entender tres pinturas famosas» de Tiziano, Rafael y Holbein. Se trataba de una serie de comentarios surrealistas que nada tenían que ver con la representación de cada lienzo, pero que sí ofrecían alguna clave sobre la visión artística de la realidad y su concreción plástica: sobre sus contradicciones y sobre el relativismo de las lecturas pictóricas. Tal vez, inquieto lector, a lo largo de estas Navidades haya invadido tu retina un cartel o un tríptico que anuncia la exposición de Alejandro Vargas (Caja España, Santa Nonia, 4). Aunque te muestras contrario a la pintura abstracta y no figurativa, es posible que tu mirada se haya visto momentáneamente atrapada. Es probable que te hayas quedado mudo durante unos segundos y que hayas sentido como la invasión de algo intangible, pero grato. Si es así, debes felicitarte. Tu mirada tiene abiertos los canales de la percepción artística y posees un fondo cognitivo sensible al cromatismo, a la composición y la intuición. Si obedeces al impulso de tu mirada y acudes a la exposición te sentirás recompensado. Comprobarás que los cuadros te atrapan, pero es posible que no logres descifrar las causas. Tal vez te cueste entender por qué el pintor no representa esos bodegones o esos paisajes tal como son. Bien. Ese era el canon clásico de belleza; pero estaba basado en algunos prejuicios que debes olvidar. Nadie capta la realidad tal como es, ya que, como defendía Heráclito, «Nunca vemos el mismo río». Y no solo porque constantemente cambia el agua, sino porque la imagen que se forma en nuestra mente es una recomposición de millones de puntos de luz que varía según la posición, el enfoque, la hora, la configuración física de nuestro ojo, nuestra sensibilidad e incluso nuestro estado de ánimo. Giraba con las horas el sol sobre la catedral de Rouen y se transforma su visión en la genial serie de pinturas de C. Monet. Si quieres entender por qué te captan estas obras de Vargas, a pesar de que no sean un retrato de los objetos, debes disociar los términos del binomio representación y realidad. Lo que hay en un bodegón de Cézanne no es un frutero con naranjas. Sobre el lienzo solo existen manchas de color extendidas en dos dimensiones. El genial Magritte nos hacía reflexionar sobre esta evidencia: tras reproducir una manzana o una pipa con la minuciosidad de un pintor flamenco, colocaba debajo una inscripción inquietante: «Esto no es una manzana», «Esto no es una pipa». Si la pintura no es la realidad, puede tener existencia autónoma como creación. ¡Fuera la tiranía de lo verosímil! La obra pictórica de Vargas es un producto ficción, una creación que existe en sí misma y nos habla por sí misma. Si te dejas invadir por los gouaches y los óleos de esta exposición, observarás que el divorcio del tradicional e «indisoluble» vínculo entre la pintura y el objeto no ha significado una quiebra con el compromiso estético. El arte abstracto no solo ha supuesto un nuevo lenguaje, sino que ha conquistado nuevos territorios para la creación de belleza. Por un lado, descubre la seducción que produce en sí misma la combinación de formas bien ensambladas. Por otro, nos permite superar lo patente para dar paso a lo inefable y a la intuición. Cuentan que el camarero de un restaurante quedó extasiado mientras Lorca leía a un grupo de amigos uno de sus poemas más difíciles: -¿Le ha gustado? -le preguntó el poeta. -Sí, muchísimo -respondió el camarero. -¿Lo ha entendido? -No. No he comprendido nada, pero me ha sobrecogido. No has de valorar, pues, los bodegones que tienes ante tus ojos a partir del vector de semejanza que presentan con jarras, vasos, o naranjas (¡han quedado en el estudio!), sino en la percepción estética que en ti provoca. ¿Qué hay en los trazos de esos lienzos para que desencadenen tales resonancias? La pintura, como la poesía, es un lenguaje. Tiene sus palabras (los colores) y posee su sintaxis, integrada por reglas de combinación. El pintor ha de poseer dominio técnico de ese lenguaje. Sin embargo, para que el artificio se convierta en arte, son necesarias buenas dosis de creatividad, de singularidad, de capacidad de transmisión de sentimientos. Los colores para el pintor son como las palabras para el poeta, el resultado de una búsqueda apasionada. Uno de los grandes hallazgos técnicos de Vargas reside en su maestría para conseguir una paleta cromáticamente rica en grises sin que su superposición se enturbie ni su calidad se contamine. Las pinceladas son los versos a través de los que el pintor va tejiendo formas que nos hablan. Los pinceles de Vargas se alargan en frases delgadas y delica das que discurren yuxtapuestas o que se entrecruzan, pero que no se funden. Crean texturas que, desde la veladura más tenue y cercana hasta el fondo más compacto, se superponen para dotar de profundidad a la composición. La atmósfera aparece desintegrada en visillos neblinosos que, a veces, nos permiten vislumbrar formas que recomponemos visual o intuitivamente como botellas, jarrones, búcaros o frutas. Esta deconstrucción del aire es un logro genial en la pintura de nuestro artista. Gracias a ella, las representaciones no son una evidencia. Van surgiendo del fondo, como extraídas de la caverna de Platón, y se acercan a nosotros a medida que las miramos y recomponemos mentalmente sus trazos, su materia, sus cavidades. Estaban allí y ahora están aquí. Han dejado de ser naturaleza muerta para convertirse en seres y enseres que nos acompañan. Pero, ¿quién opera el prodigio de dar vida a la belleza? ¿Qué componente ordena el caos de ese éter nebuloso? ¿Cuál es el elemento que integra, jerarquiza y estructura la composición? ¿Cuál es el imán que nos atrapa desde el fondo? La luz. Siempre la luz. Solo la luz. Pero no es un foco intenso, brillante, sensual y cegador que invita al placer. Es una claridad grisácea y reposada que emana y nos inunda como si nos hablara de sosiego y de esperanza en medio del tumulto. Vargas es un maestro de la luz; está tocado por ese don trascendente de la claridad que cantaba Claudio Rodríguez: Siempre la claridad viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas/ sino muy por encima, y las ocupa/ haciendo de ello vida y labor propias.

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