CON VIENTO FRESCO
Lenguas en guerra
POCO DESPUÉS de la ferrería de Serviz, en la carretera a Barjas por San Fiz do Seo, hay un largo muro de cemento que sostiene el talud abierto en la montaña para el acceso a los pueblos de Serviz y Güimil. Es un inmenso encerado lleno de graffitis en el que leonesistas y galleguistas, en singular pelea diálectica, se enfrentan en defensa de sus respectivas lenguas. Ambos grupos, con auténtico horror vacui, ocupan todo el espacio sin dejar resquicio alguno. Los galleguistas escriben: «Galego na escola», los leonesistas replican: «No a los invasores»; aquellos: «Toponimia en galego», estos: «Puxa na nuesa llingua», y así sucesivamente. Parece el espacio en el que se desarrollara una guerra de lenguas, en un territorio -el Bierzo Oeste- en el que durante siglos han convivido sin grandes dificultades el gallego y el castellano. Las lenguas no tienen fronteras, el paso de unas a otras es gradual con zonas donde el bilingüismo es connatural a sus habitantes, que cambian de registro sin dificultad de acuerdo con sus interlocutores. El problema en la convivencia de las lenguas no está en las propias lenguas sino en los políticos, que en lugar de entender aquéllas como medios de comunicación las definen como elementos de identidad, como recogen las leyes de normalización lingüística, como por ejemplo la gallega de 1983 que considera al gallego «núcleo vital de la identidad gallega». De este modo, por una decisión política, convierten lo que eran simplemente lenguas vernáculas o familiares en «lenguas propias», concepto reciente y no lingüístico que se ha utilizado como ariete contra el castellano, para expulsarlo de sus respectivos territorios como algo ajeno y colonizador, cuando la realidad es que se trata de una lengua franca que desde la Edad Media se hablaba prácticamente en toda España. Lo que se dilucida en estos casos no es un problema lingüístico sino de poder. Como dice Irene Lozano, en su libro Lenguas en guerra (premio Espasa de ensayo, 2005), «una corriente ideológica lanza una lengua a la arena política si le sirve para otros propósitos, para fines políticos, que pueden ser útiles a sus intereses; pero que raramente benefician a los hablantes, a los ciudadanos». Esto es lo que está ocurriendo con el leonés, lengua vernácula de un reducidísimo número de personas que algunos, simplemente por marcar distancias con el resto de la comunidad autónoma (lo cual puede ser el mejor argumento de que los leonesistas no encuentran otros elementos diferenciadores con Castilla), parece que quieren convertir en lengua propia de los leoneses ésta, cosa que no es verdad ahora ni lo ha sido desde hace muchos siglos. No digo que, como el gallego del Bierzo, no haya que proteger el leonés como una reliquia cultural, pero de ahí a convertirlo en un arma política arrojadiza contra la Junta, o de gastar el dinero en crear un dominio de internet .le o .lli, me parece una solemne estupidez que, de permitírselo, algún día tendrá graves consecuencias, no para la comunidad autónoma sino para los leoneses. Los leoneses ya tenemos una lengua que compartimos con 400 millones de personas, no necesitamos para entendernos ni lenguas minoritarias ni tampoco lenguas artificiales. Ya no es necesaria aquella utopía que soñó Fermín López Rosón, aquel villafranquino que en 1915 concibió una lengua universal. Sus estudios, realmente ingeniosos, los expuso en una velada científico-literaria el 27 de noviembre de 1915 en el Colegio de Villafranca del Bierzo, y tan confiado estaba de su hallazgo que no tuvo el menor reparo en publicar en Madrid, en la editorial Bailly-Baillière en 1920 (es el año de la segunda edición, del que poseo un ejemplar, que consta de 79 pàginas), una «Memoria sobre: 1º, la nueva lengua para los sabios solamente; 2º, la nueva escritura para todas las lenguas; 3º, la nueva pluma para todas las escrituras». Ahora en lugar de ideas universales, el particularismo más mostrenco.