Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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LOS ANDALUCES han dedicado a su nuevo Estatuto, nacido de una profunda reforma del anterior, un desdén tal vez inmerecido, como si no les entusiasmara que Andalucía se haya plasmado legalmente en una realidad nacional. No puede afirmarse que los andaluces sean más serios, o más identitarios hacia sí mismos, que otros pueblos de España, como los catalanes, los gallegos o los vascos, pues de Despeñaperros para abajo, y después de los romanos, a quienes se anticiparon cartagineses y fenicios, se han estacionado los vándalos, tan bárbaros como los suevos, de los que Rajoy ya no quiere ocuparse, para ir deviniendo sucesivamente en visigodos, derrotados por los árabes desde Marbella a Covadonga, para enhebrar ocho siglos de convivencia muy peculiar entre unas etnias y otras, con el resultado final de la segunda unidad de España, pues la primera fue visigoda, ambas católicas. Los andaluces interpretaron que, en democracia, las urnas están para decidir asuntos importantes -como la reforma política de Suárez o el deseo de no ser una autonomía de segunda-, pero que ir a votar a favor del Estatuto equivaldría a hacer de palmeros en la fiesta estatutaria de los políticos. Con un talante diferente, pero emocionalmente equiparable, se han portado en un par de ocasiones los gallegos. Y en el referéndum de su trabajadísimo Estatut, los catalanes tampoco se han estirado. Cuando una abstención alcanza las cotas mínimas de la andaluza anteayer, los partidos implicados analizan el asunto, y algún portavoz sale inicialmente del trances diciendo que hay que esa actitud del electorado invita a reflexionar. Los

lo tenían muy bien reflexionado, y el secretario general Acebes dijo que como el PP no podía impedir la reforma estatutaria, se sumó a ella mediante 150 enmiendas que garantizaran las constitucionalidad final del texto. Con ese espíritu de evitar males mayores, no debiera sorprender que los electores del PP sintieran un entusiasmo imperceptible por ir a votar el domingo pasado, teniendo en cuenta además que su pasividad iba a proporcionar a Acebes el argumento de que la abstención iba dirigida a Zapatero y que es un «fracaso» de éste. Y ya se lo había advertido Rajoy: no abras el melón de las reformas estatutarias sin el consenso con el PP y sin saber donde vas a frenarlas. El PSOE sacó a su número dos, José Blanco, para atacar al PP por tres o cuatro motivos, entre ellos el de no haber movilizado a sus electores, pero de eso también se le podría culpar a la dirección socialista andaluza, pues en 1980, y contra el poder mediático y político de la UCD -que defendía la tesis del café para todos-, el socialismo lanzó una campaña movilizadora que, además de instalar a Andalucía entre las autonomías históricas, aceleró la descomposición del centrismo ucedeo. Y ahora Chaves no tenía enfrente ningún adversario, si se exceptúa al Partido Andalucista, muy pequeño y de coherencia manifiestamente mejorable. Los únicos culpables de la abstención andaluza son los que no fueron a votar. Y no fueron a votar porque los andaluces sólo hacen de palmeros cuando hay una razón que valga la pena. El nuevo estatuto tiene toda la legitimidad que necesita para entrar en vigor.
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