LA VELETA
¿Por qué murió Idoia?
EL OFICIO militar incluye la servidumbre de poner la vida en riesgo, cuando lo exijan las circunstancias, lo que no significa, ni mucho menos, que la milicia sea un modo de jugar a la ruleta rusa con la muerte. La soldado Idoia Rodríguez, muerta anteayer en Afganistán por la explosión de una mina, mientras conducía una ambulancia, es una víctima más de las que el Ejército español ha sufrido en ese país donde se cruzan fortísimas tensiones e intereses occidentales, musulmanes y asiáticos. En tiempos de paz y democracia, una sola muerte tiene nombre y apellido, y nuestra sociedad se replantea así, por medio de sus políticos, qué justificaba la presencia de Idoia en un país de inestabilidad paradigmática y con una modalidad alucinante de integrismo. Parece lógico que Mariano Rajoy pidiera ayer la inmediata comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso para explicar «la verdad» sobre la naturaleza de la misión militar española en Afganistán, pero tal vez le sobraron al líder del PP comentarios inoportunamente irónicos sobre la «manera vergonzante, de tapadillo» con que Zapatero explica ese lejano despliegue de nuestro ejército, como si en ese asunto «no estuviera cómodo». Y como las elecciones están a la vista, Rajoy añadió que «lo único que le he reprochado (a Zapatero, se entiende) es que no dijera la verdad», que hablara de misión humanitaria, hasta el punto de que Rajoy, en un pleno, dijo que el presidente intentaba convencernos de que nuestros soldados iban a Afganistán para ayudar a la ancianitas a cruzar la calle. Se ha anticipado a la comparecencia del presidente la del ministro de Defensa, José Antonio Alonso, a petición propia, para explicar el panorama afgano y las vicisitudes que en una primavera que podría resultar «caliente», según el ministro, habrían de responder nuestros soldados. Y ahora Rajoy habla lógicamente, refiriéndose a Afganistán, de un país en guerra, como lo está Irak, por lo que el presidente debería explicar cuáles son los riegos a los que se enfrentan nuestra tropas, dejando de calificar de misión humanitaria lo que «en realidad es una misión de guerra». No se trata, sin embargo, de una misión de guerra, aunque las circunstancias pudieran obligar a nuestros soldados a actuar como fuerza beligerante a las órdenes de las Naciones Unidas, bajo las que están. Y eso hace presentir que los riesgos van a aumentar para el contingente de nuestro ejército, sea o no reforzado, pues Afganistán es un país de estructura política débilmente apuntalada, frente a la que los señores de la guerra insuficientemente domesticados y los talibanes recrecidos auguran esa primavera caliente, con escenas de fuego y sangre, que el ministro Alonso no piensa ocultar a nadie. Un país del que Occidente no se puede desentender.