NUBES Y CLAROS
Inma decide morir
SERÁ QUE NO TENGO yo madera de servicio público, pero hay veces en las que, muy sinceramente, me alegro de no estar en el pellejo de quienes tienen que decidir según qué cosas. A menudo porque no lo tengo tan claro como para decantarme sin dudas. Otras, porque no me creo con derecho a imponer según qué actuaciones. Para eso está, precisamente, el derecho. Y doctores tienen las leyes. Uno de los casos en los que no me cambiaría por las autoridades competentes es el que afecta dramáticamente a Inmaculada Echevarría, una mujer que debería estar en la flor de la vida y, sin embargo, lucha porque se cumpla su mayor deseo: que la dejen morir. Que la dejen en paz. Que no la obliguen a aferrarse a una vida que la hace sufrir. Tanto como para que considere «un milagro» cualquier paso que la acerque al fin. Está claro que, en temas relacionados con la vida, toda precaución es poca. Pero cómo decir que tiene que seguir viviendo (¿es vida?) a quien lleva 30 años, desde los 20, postrada en una cama. Y una década sujeta a un respirador sin moverse de un hospital. Quién puede imaginar qué demonios es eso. Quién se cree con autoridad moral o capacidad de transmitir ilusión suficiente como para decirle a Inmaculada que no debe morir. He ahí las paradojas de la vida, unos aferrándose a ella y desesperados porque tememos morir y que mueran los nuestros; otros deseando liberarse de un peso que, es evidente, no les compensa. Nunca me atrevería a cuestionar a Inma sus ganas de morir. Y tampoco se me ocurre tortura más grande que la impotencia de no poder decidir sobre el derecho más privado de cuantos nos pertenecen. No debe haber mayor sufrimiento que no poder ni matarse.