Diario de León
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CÉSAR A. DE LOS RÍOS
León

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VOLVER a la división de las dos Españas. Ese ha sido el objetivo de Zapatero desde que se hizo cargo de la dirección del PSOE y después, al llegar a la Moncloa. El pensó que el método más eficaz para dar un contenido político a su partido y reagrupar a toda la izquierda era levantar el maniqueo de la derechona y sus propensiones ultras. Ha sido una política en negativo. Por esa razón el Gobierno no ha perdonado ninguna de las cuestiones que nos han dividido a los españoles en los dos últimos siglos: desde la nacional o territorial a la interpretación de los símbolos, a la guerra de las lenguas, el tratamiento de la religión católica y su papel en la educación... Se diría que el objetivo de Zapatero ha consistido en poner en cuestión l as bases mismas sobre la que se había construido trabajosamente la transición y reabrir situaciones que nos devolvían al enfrentamiento... Desde el punto de vista partidario, la alianza del PSOE y los nacionalismos, incluidos los radicales, ha estado dirigida a expulsar del juego democrático al otro partido nacional. Indirectamente a los diez millones de ciudadanos que le votan. El Pacto del Tinell viene de la legislatura anterior. La reacción del PP era obligada. A pesar de que Aznar había tratado de eliminar la crispación al quitarse de en medio en la medida que él pudiera tener que ver con ésta y a pesar del resultado electoral del 14-M, Zapatero no dimitió de la estrategia de la tensión. Más aún, puso en práctica el Pacto del Tinell para desplazar al PP al tiempo que ponía en marcha un nuevo modelo de Estado. Desde muchos sectores venían advirtiendo al Gobierno y a la dirección del PSOE que una empresa de tal envergadura requería el acuerdo con el PP. Que la alianza con los nacionalistas no podía sustituir la participación de éste y por lo que se refiere a la lucha antiterrorista la ruptura del Pacto por las Libertades suponía el entreguismo a Batasuna. Junto al PP quedaban fuera de juego político las víctimas. Después de siete manifestaciones convocadas por la sociedad civil, se veía llegar ésta del sábado. No ha sido una improvisación. No es Rajoy partidario de la calle; prefiere el Parlamento. Pero el caso De Juana Chaos le ha obligado a ponerse al frente de la marcha. No hacerlo habría sido interpretado como un rasgo de debilidad. Zapatero viene jugando con fuego desde sus tiempos de oposición. No le bastó la victoria del 14-M. Más aún: desde el poder ha radicalizado su proyecto político al tratar de desmantelar el Estado mismo. Así que cuando se dice que las apelaciones a la calle suponen un desprecio a las instituciones parece que nos estamos olvidando de que es el conjunto de todas ellas -esto es, el Estado- el que viene siendo desmontado de forma sistemática desde Moncloa. En estas condiciones, ¿el primer partido de la oposición podía dejar hacer? Rajoy se ha visto obligado a dar el salto.

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