TRIBUNA
Ponga un ingeniero en su vida
PARA UN INGENIERO un vaso nunca está medio lleno o medio vacío porque es el doble de grande de lo necesario. El optimismo y el pesimismo son categorías que tenemos en cuenta pero secundarias para la actividad de un ingeniero. Nuestra tarea es resolver problemas. Nadie contrata a un ingeniero para crear problemas, para eso se necesita otro talento y muchas ganas de fastidiar. Dilbert es un ingeniero informático y el protagonista principal de una tira satírica creada por Scott Adams para ironizar sobre los jefes enrocados en su categoría de jefe, los compañeros de trabajo molestos y las reuniones eternas. Dilbert, siempre lleva la corbata hacia arriba -es ingeniero- y convive en sus viñetas con PHB (Pointy Haired Boss), un jefe déspota y maleducado, que siempre exige responsabilidades más allá de la lógica. PHB, naturalmente, no es ingeniero, no tiene ni idea de tecnología y es el arquetipo de la incompetencia. Pues bien, si fuera Dilbert afirmaría que el botellón es una mariposa en peligro de extinción por línea materna. El botellón es esa cosa que hacen los universitarios en la onomástica de sus respectivos dominios del saber porque no pueden hacer otras con más enjundia y valor. Y son tanto más silvestres e inquietantes -me refiero a los botellones- cuanto más se persigue la necesidad que tienen los alumnos de recaudaciones extras para financiar sus viajes de fin de curso y de celebrar la juventud con eventos que faciliten el encuentro. Encuentros desestructurados sin la presión ambiental de las normas y obligaciones de las actividades académicas. Se convierten en un problema cuando se abandona a los alumnos a su suerte o cuando, el caso más extremo y no poco frecuente, la institución universitaria y la propia sociedad considera a los propios alumnos, a los estudiantes, el enemigo público número uno. Los alumnos son para mí, profesionalmente, lo más importante, y a lo que he decidido consagrar mi vida laboral como servidor público. Creo en mis alumnos, confío en ellos y creo y confío porque sé que son buenos alumnos. Los alumnos de la Escuela de Ingenierías Industrial e Informática que tengo el honor de dirigir son, como norma general, estudiantes ejemplares, están muy bien educados y porque son jóvenes, tienen energía y yo lo celebro. Yo no diría que los estudiantes de la Escuela celebraron el jueves, 15 de marzo, un botellón en el Campus de la Universidad. Diría que se reunieron y bebieron en el 95% de los casos sin incidente alguno, de manera ejemplar y con un exquisito civismo y autocontrol. La universidad española tiene la mala costumbre de abdicar de la misión de acompañar al alumno en su formación integral, como profesionales y como personas, asumiendo el panel de responsabilidad que le corresponde. Comprendo que es una Universidad que ha crecido de forma explosiva en 25 años y que no ha sido fácil absorber dicha presión y dar satisfacción al frontal de responsabilidades que tenemos con los alumnos. Administraciones, sociedad, profesores y alumnos, hemos hecho lo que ha estado a nuestro alcance y más me parece un milagro que estemos en el umbral donde hoy nos encontramos. Soy de la opinión, en todo caso, y la comparto con la mayoría de los profesionales que trabajamos en la Escuela, que ha llegado la hora de revisar nuestra estrategia. Debemos acompañar a nuestros alumnos en las partes donde se exige sacrificio y forjar la voluntad, en la parte que propende a la formación complementaria y en la parte que hace referencia al esparcimiento considerando su natural energía y vitalidad. La fortaleza de la Escuela de Ingenierías Industrial e Informática, su crecimiento y expansión, son consecuencia directa de la calidad humana de nuestros alumnos y de la existencia de un cuerpo de docentes y otros profesionales, que comparten un mismo propósito: servir a nuestros alumnos, nuestra razón de ser. La demanda social asociada a la ingeniería no cesa de crecer y la Escuela, por sí misma, es un foco de atracción para el emprendimiento y la implantación de actividades vinculadas a nuestra actividad docente. Nuestro afán es servir a nuestro entorno y seremos fieles a dicho propósito. Lo repito, si hubo botellón fue un botellón con ISO 9000. Somos ingenieros y los ingenieros no creamos problemas, los resolvemos. Y añado, el Ayuntamiento de la ciudad siempre solícito y atento con sus vecinos y con una especial sensibilidad para las necesidades de nuestra Universidad y de los estudiantes, se comportó de manera exquisita. Digo lo mismo del comportamiento de la Policía Municipal y Nacional que fue correctísimo y de gran oficio y profesionalidad. Al Ayuntamiento, a su Policía Municipal y a la Policía Nacional, en nombre de los alumnos y por su mandato, les expreso su reconocimiento y el reconocimiento de la Escuela. No han fallado los alumnos. Los alumnos hacen botellones pero pueden hacer otras cosas y saben hacer otras cosas. Y si hacen botellones es por defecto de otras fiestas mejor estructuradas que no pueden acometer. Hágame caso, ponga un ingeniero en su vida, le ayudará a resolver los problemas.