EL RINCÓN
Cercanías
EN ÉPOCA postelectoral todo son preacuerdos. Curiosamente, los partidos que contaron con menos votos son los que cuentan con más ofertas. Algunos líderes, considerados como verdaderos cerrojos, se hacen con la llave. Lo que se haga y, sobre todo, lo que se deje de hacer depende de ellos. El que vale, vale, y el que no a las distintas diputaciones, que se han convertido en la fosa común. A nadie le extrañaría que en estos saturados edificios se oyeran explosiones. Por muy solvente que sea su construcción tienen que reventar. ¿Cómo puede resistir el cemento originario el plus de cemento facial que se les agrega? Si un ingenuo pregunta dónde va a colocarse alguien al que las urnas dejaron absolutamente descolocado, le dicen, como quien responde con desgana a algo archisabido: ¿A dónde va a ir? A la Diputación. El patio político, que es muy parecido al de Monipodio, hace que crezca progresivamente la abstención y la gente se quede en casa sin asomarse a la intemperie. Pasan a la indiferencia, como los muertos, aunque sepan que en las elecciones les va, si no la vida, una cierta forma de vivir. Los pactos contra natura política serían divertidos si no fueran aberrantes. Algún día se revisará el sistema y disminuirá el número de sanguijuelas del pueblo, pero la verdad es que los desmontados del carro del poder se enganchan al pescante. El caso es no apearse. Lo que más nos importa siempre son las cercanías. La OMS acaba de publicar un informe en el que se asegura que cuidar el entorno evitaría 13 millones de muertes al año en el mundo, pero ni caso. Aquí estamos pendientes de los que se harán con las concejalías de urbanismo. Entre ellos se reclutarán algunos de los nuevos ricos de mañana. O de pasado mañana, si son menos impacientes.