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JAVIER TOMÉ
León

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PUESTO que el olvido supone la mayor de las traiciones, es hora de despedir como se merece a Manolo Cadenas, un hombre que ha marcado diferencias en esa guerra sin armas que es el deporte. Imbuido por la filosofía de las tres «p» -paciencia, prudencia y perseverancia-, el hasta ahora entrenador del Ademar logró inculcar en las sucesivas generaciones de jugadores un estilo muy propio y racial, basado en el convencimiento de que una batalla ganada es aquella en la que nos negamos a aceptar haber sido derrotados. Gran verdad que vale tanto para la vida como para el balonmano. A pesar de las hirientes desigualdades económicas con grandes equipos como el Barcelona, el Pórtland o el Ciudad Real, este grupo leonés surgido allá por los días en que el presidente Kennedy fuera asesinado, ha logrado toda clase de éxitos gracias a una combinación casi milagrosa de azar e inspiración. Y siempre con Manolo Cadenas al frente, moviendo los hilos y dictando recetas para cada estado de ánimo. A pesar de que el deporte suele ser una escuela de vanidad, donde muchos caen por las palmadas en la espalda más que por los golpes en la cara, al técnico de Valdevimbre nunca se le subieron a la cabeza las copas y recopas ganadas en tardes inolvidables para el pueblo leonés. El 99% del éxito, como bien sabe Cadenas, se basa en insistir, hasta encontrar esa cara amable del azar que te encamina directamente hacia la gloria. Los ciclos se acaban y nuestro entrenador favorito marcha en busca de nuevos retos y horizontes. Esperando que no nos afecten en demasía las arrugas del vacío, deseamos a Manolo todos los éxitos tanto en lo personal como en lo deportivo. Así sea.

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