EL RINCÓN
El converso
EL PREFIJO «ex» le caerá a Tony Blair el miércoles próximo y en vista de eso se ha dicho «A vivir, que son cuatro días» y los cuatro lloviendo, con el morse de las gotas en las ventanas del número 10 de Downing Street. Ha decidido hacerse católico, cosa mucho más fácil que ser cristiano. Su esposa Cherie y sus cuatro hijos ya lo eran y por lo tanto su decisión es sabia, aunque tardía. Discutir en casa sobre la Santísima Trinidad puede dificultar las digestiones, que no se prestan a dilucidar raros problemas aritméticos. El todavía primer ministro británico ha hecho pero que muy bien adoptando una de las religiones más verdaderas. Lo malo de los conversos es que si te los encuentras te dan la tarde. Los recientemente convencidos siempre quieren convencerte y ya no hablan de fútbol, ni siquiera de política, que es un deporte mucho más violento: se ocupan sólo del más allá, pero de momento lo que desean es ver de cerca a Su Santidad el Papa, que está más cerca. Quería besarle el anillo a Benedicto XVI, a pesar de su apoyo a la guerra de Irán, en contra de la postura vaticana. A lo largo de mi vida, que por cierto también está siendo larga, he conocido a muchos conversos, algunos de ellos admirables humanamente. No me ha dado tiempo a conocer a Pablo de Tarso, cuya caída del caballo, camino de Damasco, aparte de demostrar que era un mal jinete, ha sido tan influyente. A Carmen Laforet la vino Dios a ver cuando paseaba por el Retiro. A Gastón Baquero, el excelente poeta cubano, se le apareció la Virgen y lo colocó en el diario La Mariba. A Dionisio Ridruejo se le debió de aparecer Lincoln. Claro que también he presenciado muchas milagrosas conversiones al agnosticismo. Los designios divinos son misteriosos.