Diario de León

EN EL FILO

¿Por qué negar el bilingüismo?

Publicado por
VALENTÍ PUIG
León

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EN SU relación consigo misma, para la sociedad catalana de inicios del siglo XXI persiste -incrementada por el nacionalismo- la irresuelta cuestión del bilingüismo. Insiste el nacionalismo -especialmente «Esquerra Republicana»- en considerar que los escritores catalanes que escriben en castellano no son catalanes. ES un error profundo al plantear una realidad fundamental: la sociedad catalana es bilingüe, desde hace por lo menos quinientos años, del mismo modo que su presente: un 53, 3 por ciento de los catalanes considera que el castellano es su lengua materna. Por otra parte, sabemos que los territorios no tiene lenguas ni derechos, sino los ciudadanos. En la nueva etapa estatutaria y con un segundo gobierno tripartito en el poder, no es descartable que el reduccionismo lingüístico pueda llevar al conflicto cuando lo que vive día a día la sociedad catalana es la demostración de que la práctica social del bilingüismo es de una naturalidad ejemplar, salvo cuando se articulan realidades jurídicas -coercitivas o constructivistas- que chocan a cada instante con la realidad bilingüe calle por calle, casa por casa. Desde hace más de cinco siglos conviven las dos lenguas y también las dos tradiciones literarias. La naturalidad bilingüe es extraordinaria, familia por familia, rellano por rellano. La favorecen la manifiesta afinidad de las dos lenguas, las formas de uso social y la vigencia de una Barcelona receptora de inmigración y «melting pot» lingüístico. La defensa del uso de la lengua catalana se basó en tiempos del franquismo en la aseveración de la Unesco al reconocer el derecho a la lengua materna. De repente, en un giro que ha sido nocivo, la política lingüística de la Generalitat busca modelos en Québec y recurre a la política de inmersión. Ese fue un paso hacia delante en el monolingüismo que carecía del suficiente consenso. Sorprendentemente el PSC-PSOE dejó hacer. La lengua vehicular fue el catalán. Era un ataque claro contra la tesis del bilingüismo. Es uno de los errores más evidentes del pujolismo. El voluntarismo, el maximalismo se impusieron. Puesto que tan poco sagrada resultó la vigencia del «Estatut» de 1979, uno podía decir que -al contrario de lo que ahí se formuló- las dos lenguas son propias de Cataluña y no sólo la catalana. Entre otras cosas, la evidencia es que media población de Cataluña es ahora mismo castellano-parlante y no parece que vaya a dejar de serlo a base de inmersión y medidas coercitivas. Las lenguas pertenecen a los individuos y no a los territorios. El bilingüismo es una vitalidad; el monolingüismo es una prótesis. Con notoria sensatez, el profesor Rubió i Balaguer sostenía de forma muy clara que la cultura de un pueblo como el catalán «que desde la Primera Edad Media no se ha expresado literariamente en una sola lengua, no puede ser valorada integramente reduciéndonos a la producción en catalán». Cuesta aceptar que Mariona Rebull o el viudo Rius -personajes de las novelas en castellano de Ignacio Agustí- no estén tanto o más situados en la centralidad de la vida simbólica de Cataluña como los protagonistas telúricos de la escritora Víctor Català, del mismo modo que los personajes de Ana María Matute tienen mucho más de realidad humana que las gentes inanimadas que habitan las novelas de Manuel de Pedrolo, uno de los escasos ejemplos de autor monolingüe en catalán. Algo extrañamente poco natural sucede si la cultura catalana -entendida la cultura como método de vida simbólica de una gente- reconoce como catalanes los poemas de Joan Maragall porque están escritos en catalán y deja en el limbo a la mayoría de sus ensayos periodísticos porque fueron escritos en castellano. Así se le cierran las puertas a Luis Vives porque escribió en latín y a Piferrer porque lo hizo en castellano. De acuerdo con T. S. Eliot, no basta con entender lo que debiéramos ser, a menos que sepamos lo que somos; y no entendemos lo que somos a menos que sepamos lo que debiéramos ser.

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