EN BLANCO
Sor Citröen
TENGO BUENAS noticias. Puesto que la vida y sus mecanismos cotidianos no traen libro de instrucciones, la Iglesia, ese faro iluminador que guía los pasos de los hombres, ha presentado en foro público una suerte de catecismo para el buen conductor, con el fin supremo de atajar el catálogo de villanías y vilezas sin fin que se perpetra cada día en las carreteras europeas. La ley de Dios compete por igual a utilitarios y todoterrenos, así que todo habla de dignidad, ponderación y discernimiento en el sesudo dossier pergeñado por las vicarias mentes eclesiásticas, hartas de que el tráfico alocado se haya convertido en maldito semillero de almas en tránsito hacia los desconocidos predios del más allá. Nuestra hedonista y acelerada sociedad, salpimentada además por un excesivo nivel de mala leche, encuentra en la pulsión de la velocidad una forma idónea de soltar química, rellenando de paso un álbum de ausencias que se ve incrementado por sucesivas tandas de ciudadanos que se dejan a lo tonto el pellejo en cunetas y autopistas. Vivaqueando al hilo de los tiempos, como debe ser, la catequesis del motor incluye preceptos de excepcional calado espiritual, como puede ser catalogar de pecado mortal los adelantamientos peligrosos o las blasfemias proferidas en pleno delirio de burricie volantera. Otros aspectos a considerar por el amplio sector de la población que ondea las banderas y presume de ir a misa los domingos y fiestas de guardar, sugieren la conveniencia de rezar el rosario en familia dentro del automóvil, mientras se contempla la medallita de San Cristóbal o el entrañable cartel de «Papá, no corras». Todo sea por volver a los tiempos de Sor Citröen, aquellas alocada Gracita Morales y su buen rollito pastoral.