Contra la contaminación
No es nuestra guerra Abandonamos ayuda en una guerra que no conside ramos justa porque nuestra presencia, armados, se distanciaba mucho de la misión encomendada. Continuamos colaborando en otras naciones y seguimos denominándonos: «ayuda humanitaria» pero; eso sí: armados sin intenciones defensivas. No es nuestra guerra. Pregonamos la paz, una paz que se esconde y morimos sin matar porque no estamos en guerra que no hemos proclamado. Nos ajustamos a la realidad y de poco sirve que nos concedan parabienes en cada baja o bajas que tengamos que enterrar. Comprendo como humano que tengamos que ayudar al inmigrante; que le procuremos -sin restar a los nuestros-, un trabajo. Lo que no comprendo justo es que por el afán de aumentar altas donde nos interesa, los admitamos, incluso en las filas de los tres cuerpos de nuestras fuerzas armadas, con promesas envidiables. Se obligan por necesidad a contemplar nuestra bandera e incluso a defenderla por el mero hecho de comer a sus expensas, que no es lo mismo que nacer en la tierra donde se clava el mástil con la bandera para recibir el aire que la pliega y rasga y ensucia con el agua mezclada del polvo de nuestras regiones. Morir: 3+3 es decir: 3 españoles y 3 colombianos que servían a la bandera junto a los tres españoles que la amaban. Es hora de que comprendamos que cuando una nación declara la guerra, comienza a recibir ayuda de otra u otras con brigadas o divisiones completamente voluntarias incluso con su bandera o banderín para señalar la nación a la que pertenece la ayuda. España sabe mucho de eso y muy poco de convencionalismos que denominan a las aportaciones que miran la guerra desde muy cerca: «ayuda humanitaria». Son, solamente soldados; pero sólo de momento. Después, la promesa se cumplirá y Dios sabrá el resto. Santiago Benavente. (San Andrés del Rabanedo) . Hora de examinarse No me aguanto más. No me soporto. Estoy harto de mí mismo¿ porque ni yo mismo me entiendo. ¿No te da la impresión de que cada uno de nosotros somos dos? Parece que soy yo; y que hay otro yo al que no soporto, al que no aguanto más, al que no entiendo y que no me gusta casi nada¿ Pues tranquilo. Estás de suerte, porque eso es buena señal. Todavía no tienes cegada el alma, y los ojos de tu conciencia todavía ven. Aún no puedes mirarte a ti mismo (hay muchos que están ciegos), y podrás verte guapo o medio feo, pero te verás; podrás juzgarte mal o darte una palmada de satisfacción, pero podrás juzgarte. Aún te queda un yo bueno y crítico; y un yo insoportable o inaguantable al que quisieras cambiar o derrotar. En ese momento que quieres olvidar o esa palabra que no debiste decir. Ese gesto que no quisiste hacer. Esa vuelta de espaldas que dejó desairado al amigo y a ti te dejó muy preocupado. Es el trozo de pan que te sobraba y no se lo diste al necesitado. Es aquella crítica feroz que hiciste y sabías que era injusta y exagerada. Es aquel beso fácil y barato que dejaste de dar cuando más falta le hacía a quien tú sabes¿ Llama urgentemente a ese yo que llevas en ti mismo, llama a ese otro yo luminoso, que es tu parte buena y que, aunque te cueste, sea el protagonista de tu conducta. Y ahora, en ese momento, examínate, aprovecha ese instante, porque el yo irresponsable, el yo del que estás harto, empezará a batirse en retirada. Verás que ese es el camino hacia el estado de paz, donde ya casi estarás contento contigo mismo. Quizás te sorprendas de tu «otro», bueno y ejemplar, del que casi no conocías. Quizás te sorprendas, porque también tú sabes hacer el bien. O te sorprendas porque sabes tolerar y perdonar. O te sorprendas porque sabes ayudar y compartir. O te sorprendas porque, quién lo diría, hasta eres capaz de saber perder y amar. Ya lo ves, así más o menos, serás mejor. Lucirá mucho más tu parte buena. Es una pena que no la uses. Inténtalo. Anatolio Calle Juárez. (Navatejera). R. J. Segundo (Gijón).