Diario de León
Publicado por
RAMÓN PERNAS
León

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EN OCASIONES el mar es un muro infranqueable. Otro naufragio sepultó en el océano a varias decenas de inmigrantes que habían fijado en las costas canarias, en las primeras islas europeas «el sueño de una vida mejor», que en palabras del presidente Zapatero en su reciente viaje a México, constituyen el anhelo que lleva a las personas a traspasar los muros, saltar las vallas y desafiar la mar. Los cayucos son con mas frecuencia de la deseada, ataúdes colectivos. La última etapa de un naufragio que se inicia con la ubicación del mapa de la miseria que asola al continente africano. Quienes se embarcan no tienen nada que perder y la vida se mide por otros baremos que poco tienen que ver con la trampa occidental, con el paraíso de todos los deseos en que se ha convertido Europa. Los que alcanzan la tierra prometida, los que no son repatriados a sus países de origen, vivaquean con su limpia y sorprendida mirada ejerciendo los oficios que nadie quiere, Los subsaharianos son el lumpen de la inmigración, el último peldaño en la escala social , los mas explotados de entre aquellos que se dejan engañar por quienes los utilizan para tareas que unicamente ellos estan dispuestos a aceptar. Cuando llegan viven el pisos patera, en la periferia de la periferia, unidos por esa legendaria solidaridad compartida de los que nada poseen. Cuando iniciaron su sueño de arribar a un continente próspero poco sabían de lo difícil que es vivir en Europa, del precio a pagar por el desarraigo. Desconocían que por ejemplo en España, hay casi nueve millones de ciudadanos que no rebasan el umbral de la pobreza, que viven, que malviven con menos de 532 euros al mes, según un estudio de la Cruz Roja. Muchos de ellos ya han renunciado a seguir «buscando un sueño». Ignoraban las mil maneras occidentales de ser pobre, poco les habían contado de la brecha creciente que separa a los ricos europeos de sus compatriotas pobres. Han muerto buscando un puerto definitivo, un lugar seguro en donde resguardarse de ese naufragio que para millones de africanos es vivir, traían el abrazo de un padre cosido a la espalda, y la bendición de una madre clavada en la mirada, pero a veces el mar no es el camino, y un cementerio lleno de ahogados sale al paso antes de que lleguen los barcos del socorro, los barcos del salvamento que son la parada previa a la devolución a Senegal, a Mauritania, para desde allí una y cien veces volver a intentarlo. Su salvación es, debe ser un empeño de todos, de los que miramos desde el puerto su llegada, de quienes tenemos un recuerdo piadoso para los que ya nuca pisarán tierra española, para aquellos que la mar devuelve sus cadáveres y yacen en una tumba sin nombre. En los cayucos que naufragan navegamos todos nosotros. Que nunca lo olvidemos.

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