EN EL FILO
¿Vacaciones?
AUNQUE el curso quedó atrás, no parece que vayamos a descansar en exceso. Voces hay, sedicentes propagadoras de «la verdad», que con «su verdad» tratan de ridiculizar la posibilidad de compartir, unos y otros, dudas, incertidumbres y convenciones de valores acordados en común, constitucionalmente. Resulta inquietante, dada la dificultad de conciliar esta rigidez fundamentalista con la pluralidad cultural existente, sobre todo en los centros públicos, y, además, dentro de la enorme competitividad de nuestra sociedad actual. Son las mismas que, al calor de los problemas reales y ficticios acaecidos en el curso, han insistido en líneas severas de actuación, como si se tratara de un mundo ajeno y no fuera con ellos el tratar de generar otro más humanizado, más cristiano. Creen, por ejemplo, que todo se arregla con mano dura, cuando más sano sería interpretar las disrupciones escolares como aviso crítico a la sociedad que estamos construyendo. En muchos casos esta objeción insurreccional, de baja intensidad todavía, es un rudo modo de decirnos que la «corrosión del carácter» de que habla Sennet, ya es vivida por nuestros adolescentes; que la incertidumbre y precariedad de sus vidas va en aumento y que la escuela que les brindamos les resulta extraña para romper el círculo vicioso. Querer resolver esto con más represión o en cordones sanitarios de estilo decimonónico, no evita el enquistamiento del problema social. Pagarán los más necesitados de la educación para ser alguien ante los demás. Pero a medio plazo, todos pagaremos. De la tan aireada violencia, sabemos, además, que no es un fenómeno nuevo, ni esporádico; que no es generalizado, aunque ya sea preocupante en dos tipos de entornos sociales: en zonas de pobreza y marginación y, también, en algunas de recursos económicos sobrados. En las primeras, por carencias afectivas y culturales que la escuela es incapaz de suplir con sus dotaciones habituales. En las segundas, por malentendidas relaciones de los padres con sus vástagos, aburridos de insolencia y caprichos, actitudes muy distintas de las que exige cualquier metodología educadora. Con las vacaciones, ¿podríamos hacer una tregua de silencio en la verbología inane? Si queremos que la Escuela responda a sus eminentes funciones, es fundamental el contexto adecuado de las familias y unas correlativas expectativas de los alumnos. Sin ello, ni el clima, ni el orden, ni la disciplina imprescindibles para aprender son posibles. Por otra parte, toda mejora educacional requiere medios -y no llegamos a la media del gasto europeo-, ilusión de quienes trabajan en esto -¿a quién beneficia tanto enredo?- y, por supuesto, reconocimiento de esta difícil profesión. Las crisis de la Escuela dependen, en lo sustantivo, de si falla la conjunción sinérgica entre estos elementos. Si lo sabemos, ¿por qué no dejar de lado los inmorales pretextos banales, para empezar a hablar seriamente de lo que importa, de cómo construir la educación para todos que se necesita en España?