Diario de León
Publicado por
VENANCIO IGLESIAS MARTÍN
León

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SE VENDE, sin duda. Está lleno de paridas para deficientes mentales, pero se vende con el gancho de «revista de humor». Al juzgar por la mediana de inteligencia de nuestro pobre país, tiene que venderse bien. Me refiero a El Jueves, la revista que sale los miércoles, que desde que se edita, ya no se llaman miércoles sino «miérdoles». Y el hecho de que se venda parece que justifica el contenido de coproblandos y de coprolitos que sirve como pasto a su poco respetable público. Es así. Un juez va y le para los pies y entonces aparece el griterío en defensa de la corona y las instituciones y, por contra y escándalo, el griterío en defensa de la libertad de expresión ¡Chúpate esa mandarina! El lenguaje, (lo saben hasta los niños de teta) que sirve para comunicarse y expresar las propias emociones, sirve también como arma y herramienta de agresión cosa que algunos periodistas o ignoran o silencian. Si alguien quiere comunicarse puede usar el lenguaje o la gestual, pero si quiere acuchillar también lo usará procurando decir luego que «no tenía intención de herir», que «sólo» eran palabras. La confusión más difícil de aclarar es la que florece en las palabras y los gestos, lo mismo que los puñetazos, son hechos. Y puesto que «las expresiones son hechos», el sintagma «libertad de expresión» parece reclamar libertad de acción. Por eso, la ley tiene que ser más precisa para cortar por lo sano y sin contemplaciones cuando la libertad de expresión se convierta así mismo en libertad de «opresión». Cuando uno llega a Marruecos el primer asombro procede de la facilidad con que cualquiera se dirige a uno para orientarlo, desorientarlo, guiarlo o pedirle algo... Al cabo de un tiempo se da uno cuenta de que, esa libertad todavía amable de la gente se convierte en una forma de opresión que coarta la libertad de movimientos del visitante. Los que nos dedicamos a la enseñanza sabemos muy bien, cómo la libertad de expresión llega a ser libertad de acoso y tortura para el niño más débil, el cabeza de turco o el chico simplemente introvertido y solitario. Lo mismo que el coche, pasada determinada velocidad empieza a ser un arma peligrosa para uno y para los demás, el lenguaje es también un arma, peor que un zurriago, una navaja barbera o una pistola con silenciador. La llamada «prensa del corazón» tendría que ser redefinida dentro e unas fronteras legales más seguras, que eso es definir, y donde la palabra «prensa» pierda la noción de «presión y violencia» que se puede ejercer, de hecho, sobre cualquiera, en nombre de la libertad. El acoso obsceno que se hace a personas llamadas públicas debería ser juzgado como delito de lesa intimidad, cuando el acosado se niega a hacer declaración de ningún tipo. Como en Marruecos, pero sin ninguna educación, sin rebozo, ni pudor, esos periodistas asaltan al hombre para arrancarle una palabra, un gesto, sobre el que elucubrar largo y tendido en sesiones de estupidización televisiva general. Y esa persona sólo es personaje público cuando está en un escenario cualquiera. En los demás casos se trata de un ciudadano con todos sus derechos y todos sus problemas personales, desde la acidez de estómago y el estreñimiento hasta el problema doméstico del enchufe o de dar a comer al perro. Pero si esa prensa lo «pilla» (y se dice de esa manera idiota), con alguien distinto de su esposa o esposo, la jumento de turno con escote hasta las rodillas se lanza a aventurar interpretaciones picantes, sospechas indecentes, o, simplemente, a soltar pedetes, digo, memeces como la copa de un castaño, sin consideración alguna de la persona y la intimidad de la persona. Y si es un difunto o difunta, mejor, porque los muertos no protestan y la necrofilia es también de interés «público» según la «prensa» del corazón aunque el corazón sea ya una doliente carroña. Los monarcas y los príncipes ¡también ellos! han llegado a ser, objeto paciente y callado de la «libertad de expresión». ¡Pobrecillos! En la mayoría de los casos, la prensa del corazón es consciente de cierta sacralidad antigua de los reyes, por lo que detiene y modera su expresión. Otra prensa, como El Jueves del miérdoles, usan la viñeta como guillotina, con variadas cuchilladas como el insulto grosero, la colleja moral, la difamación, la broma indecente y finalmente el pateo canalla de su intimidad más íntima. ¡Ah, pero no tenía intención, era broma, etc.! En este país, parece que no haya nada ni nadie que merezca respeto y cautelas en el trato: (-¡Oye, tú! ¡Pues anda que tú! Y el segundo tú era Dios Padre-). Y si hay una diosa, esta se llama Libertad. Libertad que en la pluma de algunos periodistas es libertad de joder, apuñalar, despellejar, estrangular, repartir estaca, ensuciar y llenas de excrementos el cetro, la bandera, el birrete de la justicia, y el triángulo del Altísimo. Y si nadie se queja, si la respuesta es el silencio, la brutalidad se anima y se afianza su «especial» significado de libertad de expresión. Pero, si alguien levanta la voz y trata de contener la libertad de «opresión», ya nadie escucha. Son muchos los que gritan «libertad» en medio de una algazara pretendidamente intelectual donde, las voces más respetables son apagadas por el barullo general. ¡Pues que actúe el juez! Y que aplique la ley en sus términos más estrictos sobre hechos-palabras bien probados. Y si las penas no disuaden, que el parlamento estudie en el diccionario el significado de términos bien definidos como insulto, burla indecente, acoso degradante, agresión al honor (eso que cada cual siente como raíz de la propia autoestima) y proponga penas tales, que el agresor se lo piense dos veces antes de echar la lengua o la pluma a paseo. Es preciso salvar la libertad individual y el derecho a la intimidad, el honor y la dignidad de la persona inocente sea príncipe o mendigo, de la libertad de agredir gratuitamente, que cierta prensa delincuente invoca en el sintagma «libertad de expresión». Que ningún inocente tenga que aguantar el acoso de ningún delincuente, sea dibujante o escritor, presentador o cazador de noticias de esos que no saben si llevan en la mano en un micrófono o un falo inspirador de sandeces de todo tipo. ¿Lo ve, señora? Me ha cabreado un asunto que tenía que darme risa. Y el cabreo niega la ecuanimidad. Tendré que moderarme y reírme incluso del estado normal del gran público, atónito y boquiabierto ante la libertad de «represión» que se manifiesta como coprolalia. (Copros, señora, significa mierda (con perdón) y lalia, charla. Charla de y sobre mierda (con perdón). ¡Qué cosas tiene el idioma! ¿Verdá, usté?)

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