Diario de León
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PEDRO ARIAS VEIRA
León

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MURIÓ hace pocos días Ingmar Bergman; y también, el mismo día Michelangelo Antonioni. Se han ido dos cineastas referenciales de la generación de la transición democrática. El cambio político no se entendía como un abstracto y frío pasar de un sistema autoritario a otro democrático. Las estructuras, en sí mismas, no significaban nada; lo importante eran las ansias sacrificadas, la vida que podía haber sido y no era. El franquismo se había tornado en un decrépito esperpento, nostálgico de una España cerrada y autárquica, sin proyectos colectivos. De fuera llegaban otras cosas, los laberintos del ser en libertad; qu e podían ir desde el enigmático teatro del absurdo de Beckett e Ionesco a la angustia por el sinsentido de la vida de Bergman y Antonioni, pasando por el vitalismo socarrón de Houston, la amistad como asidero en última instancia de Ford, el teísmo blasfemo y desesperado de Pasolini y el neoromanticismo de Truffaux. El mundo estaba fuera, había otra realidad, inmensa y ajena. Hacerla posible aquí era el objetivo compartido pormilitantes y simpatizantes de todas las siglas democráticas. Sin idealismo racional y sin utopía fundamentada, la democracia en España no hubiera sido posible. Tampoco sin la bonhomía y sensatez de los que estando en situaciones de poder e influencia abrieron las puertas a otras reglas de convivencia. Uno de los más destacados, particularmente representativo de la imprescindible bondad para una nueva política, fue el político aragonés Gabriel Cisneros, uno de los llamados «padres de la Constitución», también recientemente fallecido. Ya han pasado treinta años y al ver de nuevo las películas homenajes a los cineastas de entonces, emerge una sensación de pérdida y fracaso. Cualquiera que fuese la interpretación de la obra de Bergman y de Antonioni, todos coincidían en que rezumaban una especial y verdadera sensibilidad a lo que somos, al vivir en el tiempo, al ser en este mundo. Donde el problema esencial radicaba en evitar el mal a los otros, no agravar con el infierno de la violencias personales -reales, simbólicas, políticas o económicas- las propias penas de la vida como proyecto finito, solitario, incomprensible, condenado y declinante. La democracia sería el menos malo de los proyectos posibles; la solidaridad un intento de atenuar los males inevitables, y el entusiasmo una voluntarista simulación del querer sin poder. De ahí que lo realmente odioso e imperdonable fuera la mala fé y el cinismo, la manipulación consciente y el engaño calculado. Lo que después se convertirían en las armas elementales del quehacer político de los aprendices de brujo en la banalidad complacida. Ahí estamos atascados, tras tres décadas de realismo endurecido, recelosos de volver la vista atrás y recordar para qué se intentó la democracia y el cambio; por qué tantos hicieron tanto para tan poco como lo que tenemos. Hace calor; la modorra estival anulará implac able el resquemor por las ilusiones perdidas.

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