EL RINCÓN
La tentación
COMO todo sube, la banda etarra ha decidido incrementar su impuesto revolucionario en una proporción adecuada. Unos dos mil empresarios vascos reciben la misiva con el hacha y el bicho innombrable y, por un momento, sienten nostalgia de Hacienda. Una cosa es el alto el fuego y otra el alto al dinero, que la vida está muy cara y en esta temporada hay que pagar 400.000 euros más por mantenerla. Al ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, naturalmente, no le parece justa la petición y se ha dirigido a los empresarios formulándoles otra: que no la cumplan. En su sabio criterio deben «resistir a la tentación de pagar a ETA». Lo que ocurre es que el señor Bermejo se mira en otro espejo: cuando se ve en él sale acompañado de sus guardaespaldas y, en cambio, cuando se miran los extorsionados salen solos. ¿Cómo va a ser lo mismo negarse a pagar cuando se está protegido que cuando existe la posibilidad de que se puedan pagar todas juntas? En estos casos el cartero nunca llama dos veces: sabe que a la segunda existen pocas probabilidades de que le abran. El inquilino tiene la excusa de haber recibido, antes que al huésped, un tiro en la nuca. ¿De qué otra manera se puede interpretar la carta que advierte de que si se niegan a efectuar el pago sufrirán «acciones contra sus bienes o su persona»? La cosa está clarísima: el desembolso o la vida. Considerado el heroísmo como un esfuerzo grandioso de la voluntad y de la abnegación, no es lícito exigirle a los empresarios que lo practiquen a todas horas. Tampoco hay que pedírselo, aunque estén algo más obligados, a los señores ministros. Ellos saben que pasarán a la historia en letra muy pequeña y a pie de página, para que sus nombres sólo los lean los historiadores. Lo que sí habría que pedirles es que no dieran consejos tontos.