AL FILO
El pasado, ¿espejo o arma?
ALGUNOS de los debates de este verano que va avanzando han venido a recordarnos la persistencia en el error de ciertos representantes del Partido Popular en relación con la «memoria histórica». Al parecer no terminan de distinguir entre la recuperación científica de los hechos y su utilización política. Quiero decir que se equivocan gravemente al confundir la investigación en nombre de la verdad con el empleo del pasado en detrimento de la convivencia. De este modo, al rechazar sin más las alusiones a los hechos más conflictivos de la Segunda República y de la Guerra Civil, los voceros del PP dan la impresión de tener un sentimiento de culpa... partidario. Personalmente creo que la recuperación de la memoria histórica es una necesidad. Sería suicida no tener en cuenta las lecciones de la Historia. El problema no es investigar el asesinato de Federico García Lorca, sino traer la responsabilidad de aquel crimen a la derecha de hoy. O ¿habría que hacer lo mismo con los asesinatos de Ramiro de Maeztu o de Pedro Muñoz Seca? Lo condenable, por tanto, es hacer una memoria selectiva y buscar con ello rentabilidades políticas. En realidad, los partidos que deberían ser más cuidadosos en esta materia tendrían que ser aquellos que se precian de tener una larga vida y haber sobrevivido a regímenes y sistemas. Los que asesinaron a Calvo Sotelo fueron efectivamente miembros del Partido Socialista y Companys fue un dirigente de Esquerra tanto cuando permitió las terribles represiones contra la derecha catalana de la época como cuando fue ejecutado. En estos momentos no se entiende que la derecha se comporte de forma defensiva en relación con la Historia ya que, hablando en términos coloquiales, no le va mal. En efecto, después de varias décadas de hegemonía historiográfica de la izquierda, cuyo arranque más significativo podría haber sido encarnado por Manuel Tuñón de Lara, se ha dado en los últimos tiempos un verdadero vuelco en la interpretación del primer tercio del siglo XX, favorecido por autores extranjeros como Stanley Payne, Paul Johnson y tantos otros. Por referirnos al mercado editorial cabe hablar de un interés creciente por nuestra historia más inmediata por parte de los lectores conservadores. Se puede afirmar que en estos últimos años están en boga los autores más denostadores del pasado de la izquierda mientras se han consolidado las tesis que tienen que ver con la instrumentalización revolucionaria de la Segunda República. En todo caso, la reivindicación de una ley de la memoria histórica en los términos que reclama Esquerra Republicana y el PNV o incluso en los que propone el PSOE no debe llevar a la confusión entre la investigación y la propaganda. Asimismo tampoco debería buscarse el apoyo en una mala interpretación de la transición política en este punto. Porque el éxito de la transición no fue negar la necesidad de reconstruir la Historia, como podría deducirse de las palabras de algunos, sino conseguir el desarme de los espíritus.