Diario de León
Publicado por
PACO SÁNCHEZ
León

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LA EXPRESIÓN que más escuchaba, cuando le decía a alguien que pretendía pasar unos días de este verano en Líbano era: «Estás loco». Inmediatamente, enumeraban vagas razones de peligro. Recién regresado, puedo afirmar que lo único que da miedo allí es el tráfico. Queda un resto de violencia en el norte, en Nahar el-Bared, un campo palestino controlado en mayo por algo más de trescientos terroristas extranjeros apoyados por Siria. El ejército libanés, a costa de casi ciento cuarenta bajas, los está reduciendo, al tiempo que se fortalece la unidad del país en torno a sus fuerzas armadas, integradas por soldados de las comunidades más importantes: cristianos, sunitas, chiítas y drusos. De hecho, a la perplejidad inicial que produce la llegada a Beirut, se une muy pronto la sorpresa de la convivencia pacífica, e incluso cordial, entre las diversas razas, culturas y, sobre todo, religiones. Celebran civilmente las fiestas de unos y otros, se invitan a la mesa en tales fechas, viven más o menos mezclados en los pueblos (aunque las combinaciones posibles incluyen siempre a los cristianos: sunitas o chiítas y cristianos, drusos y cristianos, nunca chiítas con sunitas o estos con drusos). Se mezclan también desde pequeños en las ciudades y en los centros de enseñanza: los colegios cristianos acogen también a muchos niños musulmanes. Los problemas del Líbano, según los libaneses, provienen siempre del exterior: principalmente, de Siria y de Israel, porque ambas apetecen su tierra feraz, su agua, su capacidad comercial abierta a oriente y a occidente (Israel sólo puede comerciar con occidente), o porque... les molesta esa demostración diaria de que la convivencia y la democracia son posibles. Quizá a esto se refería Juan Pablo II cuando decía: «El Líbano es más que un país: es un mensaje». 1397124194

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