Diario de León
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Libros de texto a coste... ¿qué coste? Con este titular de Libros de texto nos sorprendía Carrefour al acabar las clases nuestros hijos. Mi familia fue una de las muchas que en León hizo la reserva de libros en este hipermercado. Con la lista entera de los libros que necesitábamos nos dirigimos a la mesa que Carrefour tenía destinada a la recogida de reservas. Mis reservas son el número 9001170 y el nº 9000945, están hechas el día 9 de julio. Van pasando los meses, y de vez en cuando llamamos al número de atención al cliente que Carrefour tiene a nuestra disposición, nos comunican que una de las reservas faltan 4 cuadernillos, que de la otra solamente hay un libro. Estamos hablando de los libros de dos niñas, una de 4º curso de primaria, y la otra de 1º de primaria. Con fecha 3 de septiembre nos acercamos a Carrefour para volver a preguntar «otra vez» por las reservas, la dependienta mira en el ordenador y nos comunica que nuestras reservas siguen en el mismo estado. Pedimos hablar con el encargado de la sección de libros de textos, al cabo de un rato aparece. Le explicamos nuestra situación, y después de intercambiar opiniones nos dice lo siguiente: «Sus reservas no van a estar listas a tiempo para empezar el curso, tenemos problemas con los distribuidores y no podemos por el momento completar las reservas». La solución que nos da es: ustedes consiguen los libros y Carrefour con los tikets de compra les devuelve la diferencia. Al día siguiente me dispongo a recorrer las librerías de nuestra capital, para mi sorpresa en dos horas consigo hacer lo que Carrefour no pudo en algo más de dos meses. Ahora con las notas de caja de las tiendas donde conseguí los libros (Librería Pastor, y El Corte Ingles) iré a Carrefour y me abonarán la diferencia de precio. Creo que un hipermercado tan grande como es Carrefour no tenía que lanzar estas campañas, si al final no las van a cumplir. Mis libros los conseguí yo, sólo yo, no el hipermercado. Josefina Graña Castro (León) Señor de la terraza viendo la vida pasar Desde la primavera de 1964 vengo utilizando la terraza en los días soleados de invierno y las refrescantes del verano que se prolongan bien entrada la noche. Después de haberla preparado para pequeño jardín, ¿quién no haría lo propio? Desde ella contemplo la colina y algunas casas del barrio: Cantamilanos. Desde ella, veo un trozo de carretera a Carvajal de la Legua que, a falta de automóviles, pasan aún borricos cargados de ropa, sin lavar o limpia ya, o peras o uvas. Desde ella contemplo un trozo de cascajal de la margen de nuestro Bernesga. Y desde ella, la explanada de Eras de Renueva, donde se comenta que construirán casas de un planta y espacio verde para veinte mil habitantes, los que dicen tener Ponferrada. Desde ella escucho las campanas de la iglesia de Oteruelo. Desde ella contemplo la casa de Domingo López, el que me quitó mucho sueño en el Barrio de la Sal y continuó un tiempo ensañándose con los vecinos utilizando los camionones. Desde ella contemplo la carretera de Caboalles sin casi autos que la transiten. Desde ella contemplaba cómo los críos creían jugando, sangrando en sus juegos. Desde ella los vi construir sus casitas de cartón y se escondían en ella, al lado del kiosco de sus padres. Vi desde la terraza, gentes que se movían de un lado a otro a hacer sus compras, o a tomar un taxi bajo las terrazas. Regaba cada atardecer el pequeño jardín y me entusiasmaban sus flores variadas. La mirada se me escapó y recordé que ya no hay kiosco. Entonces comencé a darme cuenta de que había cambios: Casas, muchas, me impedían, o ya no las había, ver las lavanderas de Carvajal y sus caballerías, y las de Cantamilanos, y el pedregal del río y su escaso caudal. Y todo por culpa de la tecnología que Ricardo pronosticó causante de merma de obreros. Y no conseguí oír el repiqueteo de las campanas de Oteruelo. Y los chicos que creían y crecían ya no construían casas de cartón y se afeitaban para ir al baile o al cine. Y las gentes aumentaban y las compras eran más abultadas y la carretera nos regalaba su ensordecedor ruido. Y yo, desde mi terraza, llegué a pensar que no dejaría de ser objeto de comentarios. Me había dedicado a estudiar, trabajar, leer, escribir y mirar también. Se me olvidó aprender a jugar a las cartas y, para colmo, la radio ya no se escuchaba porque la televisión nació el 28 de octubre del año 1958. Y, a decir la verdad, nunca me entusiasmó. Pero, pese a posibles comentarios, la terraza me atrae porque la mirada, dígase lo que quieran, no mancha. Santiago Benavente (San Andrés del Rabanedo) Abelardo (Sevilla, en el debate de la edición digital).

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