Diario de León
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FERNANDO ÓNEGA
León

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JUAN José Ibarretxe se merece un chiste de aquellos tan viejos y malos que hoy se podría decir así: «¿Cuál es el colmo del lehendakari? Respuesta: que llame al Rey de España y le diga «tras mí vendrá quien bueno me hará». Lo malo de la gracieta es que todos los refranes siempre terminan por tener razón. José Antonio Ardanza hizo bueno a Garaicoechea; el primer Ibarretxe hizo bueno a Ardanza, y el segundo Ibarretxe (el de hoy) hizo bueno al primero, aquel que vino a Madrid con su Plan debajo del brazo. Quiero decir que, con éxitos o sin ellos, el nacionalismo siempre da un paso más. A Ibarretxe le tumbaron su plan, pero él siguió maquinando, imaginando soluciones, pensando cómo puede «colar» su estrategia y su proyecto, y ya lo han visto ayer: cualquier cosa, menos renunciar a sus ideales. Y además, con Plan B: si no hay consulta ratificadora de un hipotético acuerdo con Zapatero, habrá consulta habilitadora. Pase lo que pase, habrá consulta. La ratificadora sería aceptable, si se trata de refrendar el nuevo Estatuto de Autonomía. La habilitadora sería para preguntar al pueblo vasco cómo quiere relacionarse con España. Pase lo que pase, Ibarretxe quiere referéndum. Esa meta de la consulta popular es una especie de manía personal, que ha contagiado a los partidos del gobierno que preside y ha impuesto al llamado PNV de Imaz, hasta el punto de forzar la renuncia del presidente del partido. Ante esa manía, auténtico proyecto vital de su visión mesiánica, no valen ni avisos de ilegalidad, ni invocaciones de Constitución, ni apelaciones al sentido común. La única legalidad es la suya, y no está dispuesto a admitir otra, y menos si es antigua y española. Mil veces que se rechace su propuesta de estado libre asociado, mil veces tratará de volver a colocarlo. Si le falla el respaldo parlamentario, tratará de buscar el respaldo popular directo. Un hombre así nunca acepta su derrota democrática ni su error. Por eso es temible. Con un tipo así no se puede entablar un diálogo razonable. Quiere pasar a la historia como el hombre que consultó al pueblo vasco o ensayó la autodeterminación, y no se detendrá ante nada. Cuando creía que ETA iba a abandonar las armas, supeditó el referéndum al clima de «ausencia de violencia». Como ETA regresó a la lucha armada, él cambia y «vende» el referéndum como instrumento para «sentar las bases del fin de la violencia». ¿Es que habla en nombre de ETA? Espero que no. Simplemente, es una forma de justificar ante la sociedad su empecinamiento personal. Es un engaño al conjunto de los ciudadanos para dar un paso, el «paso Ibarretxe», hacia la independencia. ¡Que mala suerte tiene la democracia española de tropezar con visionarios así!

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