EN LA CUERDA FLOJA
El buen nombre
LOS NOMBRES propios de las personas sirven, claro, para identificarlas y distinguirlas de otras personas, pero dicen muy poco sobre cómo es la persona, sobre su contenido, por expresarlo de un modo brutal. Tendemos a pensar que alguien tiene nombre de Pablo porque nos recuerda a un Pablo o porque asociamos los sonidos de las palabras a un cierto tipo físico. David, por ejemplo, debe de ser nombre de alguien delgado y elegante. Sin embargo, Paco Sánchez es nombre de tipo bajo, gordo y mal afeitado. Muchas veces me han dicho que me imaginaban con ese aspecto y no sabían por qué. Por fin, un profesor brasileiro fue más explícito: «Es que tu nombre me suena a Sancho Panza». El nombre va más allá de la mera identificación, para la que a menudo ni siquiera sirve, y por eso utilizamos también los apellidos, que suelen indicar la procedencia: de qué familia o tierra venimos. Cuando no, se refuerzan con un apodo que, en el ámbito rural, se refiere a menudo al lugar donde se vive o al oficio (origen de tantos apellidos), y en las ciudades, incluso a la empresa para la que se trabaja: Pepe de Mirás, Antonio O Latoneiro o Manolo el de la Caja. Cuando ni nombres ni apellidos ni motes alcanzan a dar razón bastante, siempre queda como recurso último la pregunta tan propia de estos lares: «¿Y de quién vienes siendo?». Así en la familia de mi madre soy hijo de María, y en la de mi padre, hijo de Francisco. Ambas descripciones me llenan de orgullo, de modo que no siento ninguna necesidad de llamarme David. Los padres se han esforzado siempre por legar un buen nombre a sus hijos, una memoria y unas raíces en las que pudieran respaldarse, un ejemplo, una reputación, una base firme sobre la que crecer y construir su identidad. Podías, eso sí, verte privado de la respetabilidad sin culpa. Ahora, niño, corres el riesgo de crecer con un nombre que no significa nada. Ni para ti.