EN POCAS PALABRAS
España y el Rey
BÉLGICA lleva cuatro meses sin gobierno por la incapacidad de las fuerzas políticas flamencas y valonas para llegar a un acuerdo; es la peor crisis de aquel país desde que en 1994 se convirtió en un Estado federal, fórmula que sería un punto de partida para los flamencos, mientras los valones piensan que no es posible avanzar un paso más en el camino de la descentralización. La Vanguardia publicaba la opinión de un analista flamenco, Rik Torfs, sobre el papel de la monarquía en su país: «si hay un rey de los belgas, significa que Bélgica existe». El axioma tenía corolarios: lo importante es que el Rey siga siendo referencia, aunque sea para burlarse de él como suelen hacer los flamencos; lo grave sería que la monarquía belga dejara de interesar: «las consecuencias podrían ser peligrosas». Bélgica y España son países distantes y distintos, que diría Calvo-Sotelo. Pero el fondo de la cuestión es idéntica: nuestro Rey es el vínculo que articula el Estado de las Autonomías, e incluso quienes lo denuestan no hacen más que afirmar la existencia de España. Dentro de ciertos límites, el ruido actual puede ser un indicio de vitalidad nacional.