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Bienestar social
EN esta nuestra sociedad del bienestar pensamos que todos viven más o menos bien. Por eso cuando vemos vagabundos o mendigos pidiendo por las calles nos parecen parte del inevitable atrezo. Nos hemos insensibilizado tanto que somos capaces de pasar a su lado saboreando un helado, sin pensar que esa persona puede llevar muchas horas sin comer y todavía no ha reunido lo suficiente para un bocadillo. Nos molestan porque nos hacen pensar, y es mejor no hacerlo y dejar la caridad para el organismo competente. Pero los teóricos de la economía saben que en la sociedad actual cada vez hay más diferencia entre ricos y pobres. Y nos olvidamos de estos últimos. Claro que a veces no podemos evitar verlos. Cada vez con mayor frecuencia hay pordioseros durmiendo dentro de los cajeros bancarios. Lugares calientes y en los que las molestias son mínimas, pues se atenúa el ruido de la calle y con un poco de suerte entrarán un par de personas de madrugada en busca de efectivo, que las más de las veces salen presurosas tras percatarse de la presencia del indigente. En las últimas semanas he visto tres casos en sendos cajeros, alguno muy céntrico. Y no es que quiera que la policía los desaloje. No se trata de hacer ver que éste es el país de las maravillas como hizo el difunto Jesús Gil en Marbella, se trata de repartir mejor. No tiene sentido gastarse muchos miles de euros en el pomposo apartado de Bienestar Social, o en campañas para la galería, y tener en la calle gente que se muere de hambre y que no dispone de un lugar donde cobijarse, porque cubrir las mínimas necesidades de estas personas es mucho menos costoso y más humano que las campañas rutilantes. No hay que olvidar el Tercer Mundo, pero tampoco a los tercermun distas de aquí.