León

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CAROD-ROVIRA, aquel que se colocó una corona de espinas para hacer una gracia a Maragall, ahora anuncia que Cataluña tendrá pabellón propio en la Bienal de Venecia, donde los invitados son los estados, salvo caso excepcional. Los nacionalismos vampirizan la cultura, pero lo hacen porque son muchos los artistas dispuestos a recibir en el cuello la dentellada de la Generalitat. El dinero público es necesario para difundir con eficacia la cultura, sea una novela o los méritos de la chistorra, pero ¿era indispensable gastarse doce millones de euros en promocionar la escritura en catalán, en la Feria de Frankfurt? En ciertas áreas las cifras han de ser humanas, para ser éticas. No cuestiono la existencia de una realidad catalana de extraordinario interés, sino su manipulación. Siempre he dudado que considerar a Tàpies uno de los grandes pintores españoles sea más reduccionista que considerarlo un gran artista catalán. El potencial de Cataluña es extraordinario, no necesita tanto cesarismos. Porque, ay, lo único irrenunciable es que lo creado sea verdadero arte. Las técnicas de márketing en una promoción han de ser una ayuda, no el pilar sin el que todo se derrumba. La cultura no ha de rehuir necesariamente el compromiso político o su identificación con causas concretas, pero sí la genuflexión, el clientelismo. Ha de ser posible un término medio, sin tanto autobombo territorial. En el caso de la Feria se ha hablado más de instituciones que de autores. Es indudable que los nacionalismos pueden contribuir a la difusión de lo propio, aunque la suya sea una amistad peligrosa. Escritores, artistas e intelectuales deberían cuidarse de hacer tratos con Mefistófeles, pues siempre hace trampas. Parafraseando a Bob Dylan, le das el corazón pero te exige el alma.

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