EN EL FILO
La herida abierta de Aznar
EL TERCER libro de Aznar desde que abandonó las candilejas políticas, pero no los batidores, se está vendiendo como rosquillas y es lógico que el autor de estas Cartas a un joven español , obedeciendo un mandato editorial, recorra algunas emisoras para promocionar su obra. Es lógico también que en esas entrevistas responda a cuestiones de actualidad, dado su anterior protagonismo político y la influencia que ejerce en el PP desde su presidencia de honor. Como la sentencia sobre los atentados del 11-M sigue de rabiosa actualidad, y en algún caso despertando actitudes de rabiosa apariencia a Aznar se le ha preguntado su opinión y, sin el más mínimo titubeo, tan propio del mundo anglosajón, vuelve a ratificarse en todo lo que expuso durante las doce horas de su comparecencia en la comisión parlamentaria dedicada a investigar los diversos aspectos del 11-M. Sigue, pues, pensando que «los que idearon» estos atentados «no están en montañas lejanas ni en desiertos remotos». Habría que olvidarse de las montañas afganas en las que estaría sobreviviendo con gran lujo de incomodidades el mismísimo Bin Laden, y de cualquiera de las zonas desérticas de Oriente Medio. Y como el centro de operaciones de quienes habrían ideado la tragedia de Atocha no es, según Aznar, ni lejano ni remoto, deberá buscarse más cerca, o en nuestra meseta central o en los verdes prados de l Gohierri, por si apareciese algún día la «ETA connection». En la sentencia, como dice atinadamente Aznar, no se relaciona el 11-M con la intervención española en Irak, lo cual permite al PP suspirar con alivio, por lo mucho que se había relacionado la guerra con el atentado. Ya sabíamos que todos los terrorismos son iguales, pero muchos españoles ignoraban que «un objetivo muy especial» de los terroristas del 11-M era el de «cambiar el curso político en España», frase de Aznar, lo que significaba desalojar al PP del poder. Y fue, en efecto, desalojado, pero conviene preguntarse si ese desalojo se produjo por el hecho mismo de tragedia o porque el Gobierno popular intentó infructuosamente implicar a ETA en la horrible matanza. No olvida Aznar las muchedumbres que se congregaron ante algunas sedes del PP en la víspera electoral, día de reflexión, protestando por la distancia que la gente apreciaba entre las informaciones del Gobierno y la realidad que la policía iba descubriendo y había descubriendo ya. Ni montañas lejanas ni desiertos remotos. Sólo falta que Aznar dé a conocer el domicilio de los inductores o se lo indique al juez. O guarde silencio en atención a las instituciones policiales y judiciales que no juegan con desiertos y montañas sino que han buscado esforzadamente la verdad. Aznar sigue doliéndose de una derrota electoral que no puede descargar sobre Rajoy.