Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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LOS INGLESES duermen mal. Según una encuesta, el diez por ciento se desvela porque no paran de «tramar y conspirar» (Diario de León del pasado sábado). Cuentan ovejas, pero no las suyas sino las del vecino. Muy shakesperianos los ingleses. Dormir mal es un pesar que muchos sufrimos, aunque por motivos más nobles: una mala digestión de un picadillo, debatir de fútbol con la almohada¿ pero el desvelo nocturno causado porque la mente no cesa de dar vueltas a cómo hacerle la cama a alguien es algo más que un problema de insomnio. También los españoles tenemos capuletos y montescos, yagos intoxicadores, fantasmas que claman venganzas, brujas que enuncian profecías de poder, tampoco nos escasean las tempestades o los sueños de una noche de verano, aquí, en fin, también hay mucho ruido y pocas nueces. Para el ser humano, dormir debería ser tan imprescindible como soñar despierto. Dedicar la noche a la conspiración ha de resultar agotador. Y la víctima de la intriga siempre termina durmiendo peor que el intrigante, pues éste hay un momento en la noche en el que encuentra por fin la respuesta a sus siniestras cavilaciones, la hora mágica en la que la oscuridad le revela cómo jugársela al compañero, socio o hermano, entonces, entra en un profundo y gratificante sueño reparador, pues al día siguiente tiene mucha tela que cortar; en cambio, su presa, que ha dormido a pierna suelta hasta entonces, será arrojada al reino del insomnio. Nosotros, al menos, hemos inventado la siesta, cuya función, además de la obvia, es que la mala leche repose un rato antes de entrar de nuevo en faena. En las próximas elecciones, algunos necesitarán para relajarse más que una cabezadita después de las comidas: irse a vivir a un balneario. Y mucha, pero mucha, ducha fría.

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