TRIBUNA
Bajo el síndrome de Tersites
LO QUE ES preocupante de veras es que la prensa no encuentre algo más interesante que las palabras de un pobre imbécil (usado el término en sentido etimológico y sin ánimo de ofender como hombre sin bastón o razón para apoyarse) a quien los votos han puesto en el vértice del poder del país. El idiota (usado el término en su etimología como hombre «particular») dice una frase y todos los periodistas acuden a sus medios para hacer comentarios tan vanos como el flatus vocis que soltó el presidente. Pero el mundo es así. Se comenta, con asombro, lo que el idiota dice, solamente porque es un hombre importante sin reparar en lo más evidente: su idiotez. ¿Importante? Ya se sabe lo relativo del significado de esa palabra. Una de mi pueblo se casó con un hombre muy importante que era cobrador del autobús de la empresa López. Así que esa fantástica escoria eminente que diría Quevedo lo es, sólo y en virtud del teatrillo que se monta en torno suyo, porque se le ha dejado en la mano la ley, el zurriago policial y la hacienda, pero no por especial valía humana, aunque él piensa que ha sido elegido por sus méritos. Y lo piensa porque nadie se ha atrevido a decirle en su cara: idiota o imbécil de capirote o capilote ¿por qué no te callas? En otro tiempo se diría de él que tiene afán desmedido de gloria (vanagloria), vamos, que le gusta estar, como decía la otra, en el candelabro. Cuando el idiota no puede, porque no puede, destacar por un adarme de prudencia o saber-hacer, entonces se afirma en su tontería. Qué se le va a hacer. La sabiduría de Pericles le hacía permanecer mucho tiempo oculto, moviendo con habilidad los delicados hilos del tapiz de la polis; sabía que un hombre, que aparece demasiado en público, pierde una gran parte de su prestigio en poco tiempo. Obligado constantemente a hablar, pronto se descubre la inconsistencia de su discurso y constantemente se verá obligado a aclarar, rectificar, precisar o negar sus propias palabras. Era sabio el santo que decía: in multiloquio non deerit peccatum que, en román paladino, significa que el que mucho habla no dejará de meter la pata. En otro tiempo¿ Hay un hermoso pasaje de la Ilíada en que en la asamblea de reyes, reflexiva, prudente y meditando sobre los graves problemas de la armada y la invasión y asalto de Troya, Tersites, comenzó a insultar a Agamenón y es Odiseo el que le reconviene y hace callar: ¡Tersites charlatán! Aunque seas orador fecundo, calla y no me andes disputando con reyes. Creo que no hay hombre peor que tú entre los que han venido a Troya con los Atridas. Por tanto, ni me nombres a los reyes, ni los injuries¿ Y a continuación le atiza con el cetro. Nuestro rey ha sido más comedido y (¿privilegio de reyes?) según el nuevo Tersites, ni se dejó ver. ¡Qué mal soporta el idiota una reconvención, sobre todo cuando proviene del hombre de ajustada palabra! El hombre sabio aupado por una mayoría de votos, habla poco y escucha mucho; sopesa lo que escucha y medita y contrasta su pensamiento con el de sus consejeros y toma las decisiones adecuadas intentando que estas se acomoden lo más posible a una ética general y unos principios que dirigieron su campaña electoral y, claro, a las necesidades reales de sus ciudadanos. El tiranuelo que manda callar a sus súbitos, no soporta que le manden callar y menos cuando en plena facundia dice toda clase de idioteces pretendidamente escandalosas. Subido en el poder, anulada por la fuerza su oposición, no sólo no ha aprendido a callar sino que su verborrea insufrible termina por aburrir a los cocodrilos. Desautorizado por Odiseo, se pasará días enteros justificándose ante su pueblo, y amenazando con el zurriago a quien le importa un pito su poder. En el caso que nos ocupa, habría muchas maneras de tratar al idiota. Con la majestad y el estrépito del silencio que hiciera resonar sus palabras vacías en el vacío. Esta manera suele ser bastante inútil cuando el idiota no comprende demasiado la zona del lenguaje que se llama silencio y confunde el silencio despectivo con el silencio admirativo. Otra forma de trato sería la de la bulla y rechifla, la risa y el jolgorio. Pero esta solución no es buena porque el tonto se crece, supone que tiene gracia y razón y enseguida habla de que fue elegido y del número de votos que obtuvo y de la «libertad de expresión» de un jefe de país soberano. Otra forma de trato al idiota, que se cree el ombligo del mundo, porque sale todos los días en su televisión, sería la educada que pide cinco veces y setenta veces cinco si es necesario, respeto para él, para los asistentes que no están obligados a escuchar necedades y para las personas ausentes que tienen que sufrir, sin posibilidad de cumplida respuesta, que el idiota les insulte sin consideración. Otra forma más de trato, ante un discurso de tonto pesado y pendenciero, sería el que el hombre de mayor autoridad moral lo reconvenga con un «¿Porquénotecallas?» y si es posible que le atice con el cetro. Pero este trato requiere un Tersites como el de la Ilíada capaz de comprender y callar. Y hay otra forma elegante de tratarlo: los oyentes se levantan de consuno y se van, dejando que el necio hable para el martillo del presidente de la asamblea. Esta suele ser la mejor y más contundente porque el necio (nescius es el que ignora) necesita oídos. Pero no todos los oyentes están dispuestos a aplicar esa medicina al idiota. Un suponer un presidente se levanta y le mete al idiota un zapato (con zeta de José Luis) en la boca y un rey se va de la sala y el idiota (en sentido original) se mantiene en sus trece. Pero ¿para quién hablaría si todos le dejaran solo y se fueran a tomar un café hasta el momento de la clausura? Y sobre todo, ¿para quien hablaría si los medios de comunicación cerraran imagen y micrófono a la verborrea insustancial? ¿No sería bueno que los líderes de la comunicación mundial se reunieran y pensaran un pequeño código sobre lo que es publicable y lo que no, lo que es necedad o insulto o violencia gratuita y no se le debe dar amplificación? Quede esa petición a la prensa. A ver, entretanto, si el charlatonta entra en juicio, no más que por que los medios de comunicación no nos tengan acogotados bajo el síndrome de Tersites.