DESDE LA CORTE
La gran representación
SI LAS PALABRAS fueran la guía, hoy se podría hacer este diagnóstico: la normalidad ha vuelto a la política española. Atrás queda la crispación, el enfrentamiento y el rencor. Ayer, día de la Constitución, se oyeron discursos de gran concordia. El presidente Zapatero, singularmente, se esforzó en buscar los términos más pacíficos para definir sus intenciones y puso el tono más complaciente que le hemos escuchado. Si no fuera por los exaltados que a la puerta del Congreso insultaban a la izquierda y le decían «ole tu garbo» y «con dos cojones» a Esperanza Aguirre, el ambiente del aniversario de la Ley de Leyes era edulcorado como un mazapán. Los asistentes eran tan bondadosos, que parecían los pastores de Belén. Y la bonanza contagió tanto a Gaspar Llamazares, que hasta negó que ésta haya sido la legislatura de la crispación. Les juro que ha dicho eso. Que no nos engañen las apariencias. Si la palabra consenso volvió a escucharse ayer, no es porque esta clase política de ahora crea en ella. Es, sencillamente, porque no pueden decir no a la demanda social de unidad. Es que resulta indecente mostrar las diferencias cuando hay luto por los guardias civiles. Es que una mínima cortesía obliga a seguir el mandato de acuerdo que ha formulado el Rey. Es que no se puede celebrar la Constitución de la concordia poniendo sobre la mesa las discordias. Y es que Zapatero está ensayando su mejor cara de hombre de estado para cerrar su mandato. Creo que eso es todo. La aversión es la aversión, y no se conjura ni con incienso: Zapatero y Rajoy se saludaron, pero con tal frialdad que parecía que no se conocían. El líder del Partido Popular no varió un ápice su discurso, sigue ofreciéndose para derrotar a ETA, pero no rebaja un milímetro el tono de su crítica. Y envía a sus portavoces a los medios informativos con un mensaje de acuerdo, pero que sólo ofrecerá si gana las elecciones. No dicen una palabra de su disposición al diálogo en caso de seguir en la oposición. Sumadas estas percepciones, ayer ha sido el día de la Constitución, pero también el día de las mentiras. Estamos asistiendo a una gran representación donde unos desempeñan el papel de la bondad infinita, y otros de la infinita disposición. Pero no habrá encuentros nuevos en La Moncloa, ni espere nadie un gesto de concordia. La unidad y el consenso se quedan así en el aire, como un deseo, como una nube, como la utopía con la cual se quiere cerrar la legislatura «dura y ruda» que ha dicho Manuel Marín. Y, ya que cito a Manuel Marín, ahí queda su testamento político: «Hay que trabajar en política de otra forma». Si fuera un mensaje para una manifestación, se podría traducir así: «Señores Zapatero y Rajoy, basta ya».