Diario de León
Publicado por
ANTONIO PAPELL
León

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LOS PROCESOS electorales son siempre enigmáticos porque, afortunadamente, influye en ellos tal cantidad de factores que resulta imposible prever su desenlace. De hecho, aunque las encuestas hayan detectado en el pasado las tendencias con mayor o menor acierto, nunca los sondeos de opinión han anticipado realmente lo que iba a ocurrir. En realidad, cada vez más la sociología aplicada se utiliza como una herramienta electoral que interactúa con la realidad que describe, en vez de proporcionar análisis estáticos. Viene esto a cuento de la creciente y extendida sensación de desánimo que produce la expectativa nada halagüeña de que, si se cumplen los pronósticos políticos para el 9-M que marcan los sondeos, todo seguirá aproximadamente igual. Es decir, la vida pública continuará caracterizada por los dos elementos principales de tensión que han marcado la legislatura: de un lado, la dura y enconada rivalidad entre las dos grandes formaciones políticas, que se detestan hasta la sistemática falta de respeto y el insulto frecuente, incapaces de conseguir los más mínimos consensos; de otro lado, la destemplada y a veces indecorosa tensión entre el centro y la periferia, el Estado y las comunidades autónomas, los nacionalismos étnicos y el nacionalismo español. En efecto, no sólo en Cataluña se ha producido la desafección, el desapego por la política que preocupa seriamente a la clase dirigente catalana y al sector más consciente de sus elites intelectuales: en todo el país se ha establecido una sensación generalizada de tiempo perdido, de energías derrochadas, de temor a que esta incapacidad que muestran los representantes de la ciudadanía para anteponer el interés general a los más diversos particularismos termine frustrando esta gran aventura convivencial que es nuestro ya dilatado recorrido democrático. Así las cosas, parece conveniente y aun necesario atacar ese 'miedo al empate' que se ha abierto camino y que en realidad es un temor abstracto a la impotencia, al bloqueo, a la incapacidad de salir del atolladero de la pequeña política naufragante y bochornosa que ha durado cuatro interminable años y que, en realidad, ha girado subrepticiamente en torno de la cuestión de la legitimidad: la brutal excepcionalidad del 11-M ha tardado demasiado tiempo en ser digerida. Pero no hay razones para persistir en el pesimismo. Pase lo que pase el 9-M, resulta inimaginable que el proceso político continúe como hasta ahora centrado en los viejos temas. La discusión sobre la política antiterrorista está clausurada por simple decantación natural. Y la reforma territorial ha de cerrarse inexorablemente con la ayuda del Tribunal Constitucional, que deberá obrar el prodigio de recrear el espíritu fundacional del régimen sin provocar una tragedia.

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